• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Baralt en el Libro de medallas (2)

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De nuevo, estamos frente al Libro de medallas, documento que atesora desde 1847 la Real Academia Española y que señala sin pretenderlo la cronología honorable de la más longeva institución del mundo hispánico ocupada en el estudio y destino de la lengua.  

Su brevedad como texto gana prestigio en relación inversa a su tamaño y reporta como gesto una especial importancia. Permite ver al escritor y lexicógrafo Rafael María Baralt en posesión de la presea que lo distinguirá hasta su muerte como uno de los príncipes de nuestra lengua. Su prosa inteligente y bien construida fue sin duda uno de los argumentos de peso para proponerlo como académico (se ha dicho mucho, y con razón, que su discurso de incorporación en la Española fue su mejor creación como escritor y su mejor concepción como filósofo). Su estilo agudo y estético lo comenzó a prestigiar desde los días venezolanos. Su conciencia de la lengua y su sentido sobre los valores que gana debido a su diversidad (quizá un aprendizaje que solo le es permitido a los que como él, nacidos en el extrarradio del español venezolano, pudieron y pueden establecer contrastes dialectales profundos frente a las modalidades hegemónicas del idioma) no dejó de ser nunca para él un rasgo honorífico y una posibilidad de comprender que las lenguas se hacen grandes por lo que aceptan como diferente dentro de la unidad.

Aunque han pasado más de 150 años del hecho memorable que recoge el Libro de las medallas, no estoy seguro si sabemos lo que significó el logro enorme de este venezolano tan especial. Proponemos un comentario final, no como reclamo vano sobre lo mucho que hemos despreciado a nuestros grandes hombres de cultura, sino sobre lo que a la larga ha venido a significar ese olvido.

Baralt, como antes Andrés Bello y Simón Rodríguez, fueron hombres de pensamiento confrontados ásperamente con un tiempo de hombres de armas. Desgastaron sus vidas y agotaron su inteligencia para comprender su mundo (nuestro mundo) en la dimensión del arte. Igual o peor suerte correrían otros dioses (Juan Vicente González, Fermín Toro, Cecilio Acosta y tantos más hasta hoy).

Primero la inadvertencia y el engreimiento, después, vienen a aportar algunas claves para comprender cómo nuestro país parece establecer relaciones conflictivas y de maltrato con sus personajes élite en los espacios de la cultura, el arte, la filosofía y la ciencia. No advertir la singularidad es una de las tantas formas con las que la estulticia se presenta entre nosotros. Sentirnos superiores a los héroes prodigiosos del pasado amparados en que el tiempo presente está por encima de todo pretérito, es una de las tantísimas maneras con las que la petulancia habita entre nosotros.

Sería, por otra parte, injusto e inexacto no reconocer que a Baralt se le ha festejado desde el siglo XIX su ingreso en la Academia Española. La alusión apunta a algo que es un más allá de la información y de la referencia. Es entender que Baralt encarna valor superlativo de la reflexión venezolana del mundo como filósofo de un tiempo de profundas transformaciones y como investigador de la Venezuela profunda; esa que es germen fértil de valores libertarios y, también, de abismos oprobiosos para la espiritualidad del hombre. Se ocupa por desentrañar el difícil entramado del alma nacional. Si bien su exploración sale librada con fortuna, su gestión biográfica lo pierde para la nación irremisiblemente y con dolor. Subyace bajo su gloria una región de penas y penurias que lo desgastan más de lo debido y que lo castigan más de lo merecido.

Grave para la constitución anímica del país y para la solidez de su perpetuación ciudadana será la mirada displicente hacia la figura de Baralt; ruta de lugares comunes que lucen tan atrasados, tanto como aires de superioridad cuyo origen es tan oscuro que es mejor ignorarlos. Nuestro gran siglo XIX que él tanto contribuyó a dibujar, observado despreciativamente por los falsarios de hoy desde sus cumbres tan mentirosas. Hasta el tiempo personal de Ramos Sucre, que recomendaba a sus sobrinos leer a Baralt para aprender a escribir y para adentrarse en el espíritu de la lengua, se le estimó con sinceridad. Después su legado, mal divulgado, muy a pesar de la edición de sus Obras completas y de las reediciones de su historia y de sus trabajos lexicográficos (considerando las distintas apariciones de su Diccionario de galicismos; algunas tan hermosas como la editada por la Fundación San Millán de la Cogolla, en 2008) y de honrosas compilaciones como las de la Academia Venezolana de la Lengua para su colección de nuestros autores clásicos y para su colección de homenajes en el bicentenario de su nacimiento y de alguna otra experiencia (v.g. la preciosa reedición de su discurso académico por parte de la Universidad Católica Cecilio Acosta, en gestión amorosa de Miguel Ángel Campos), poco pudieron hacer para revertir la acción de los engreídos mentales. Los jóvenes escritores de hoy no saben nada de Baralt y, peor aún, creen que pueden prescindir de él.

Volvemos a pensar en la fortuna de Baralt gracias al hallazgo del Libro de medallas y volvemos a plantearnos la desventura de su recepción general. El día en que su figura comience a ser de nuevo leída con inteligencia y aprecio, el país que tanto contribuyó a entender habrá cambiado para bien.