• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Otro Andrés Bello, a los 150 años de su muerte (Parte I)

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“Y la verdad es que sus libros, sus poemas y sus estudios críticos, parecen hoy más pasto de eruditos que la letra viva de la poesía. Contra estas imágenes me he levantado siempre. Porque me ha parecido ver en Bello otra cosa: el primer aventurero hispanoamericano que asoma el Mundo Nuevo de la Europa romántica, el primer viajero nuestro en las tierras inéditas de la Revolución Industrial, el primer cronista de la maravilla de una humanidad llena de sueños de progreso, de civilización, de grandeza. En vez de verlo momificado lo he visto increíblemente vivo y lozano, librando una batalla desigual por la cultura hispanoamericana”.

Estas palabras se leen en el prólogo a uno de los libros más notables inspirados por el humanista: El otro Andrés Bello, de Emir Rodríguez Monegal. Este libro será el libro. El fragmento será la síntesis de uno de los trabajos críticos más empeñosos y mejor logrados sobre la literatura hispanoamericana. Bello lo merecía y lo estaba esperando desde hacía tiempo. Lo publica Monte Ávila Editores en 1969.

Reniega de la inadvertencia de Bello. Lamenta la advertencia condicionada de Bello. Cuestiona la petrificación de la recepción de Bello. En el lugar de estas situaciones quiere colocar al aventurero, al viajero y al cronista. Si lo pensamos bien, pocas veces estos sustantivos se invocan cuando de Bello se trata, pues se lo prefiere en la seguridad que dan la inmovilidad, lo convencional y lo sesudo. Monegal lo busca en estos roles y lo encuentra asomado al romanticismo europeo que luego traerá a América, lo refiere viajando a los paradisos y los avernos de la industrialización y lo relata como relator de lo que significamos en la utopía de grandeza, civilización y progreso.

El bellismo de Monegal iluminó una brecha de estudio y crítica ajena a todo laurel grandilocuente. Busca el pensamiento de Bello y lo recrea, lo analiza en concreto y lo hace vivir como reza en el epígrafe de Proust que escoge para la primera página de su hermosa obra: “Pero la evolución de un pensamiento, no puede analizarse en abstracto, sino recreándola y haciéndola vivir”.