• Caracas (Venezuela)

Francisco Javier Pérez

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Francisco Javier Pérez

Alexis, recuerdos y gratitudes

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Caminaba por la calle Obispo de La Habana, un día cualquiera del año 1998, cuando fui a dar, sin pretenderlo, a las puertas de la Fundación Alejo Carpentier. Al entrar, en la primera sala de exposición, se exhibían primeras ediciones de la enorme producción del narrador cubano y los títulos más notables de la bibliografía crítica sobre su obra. Mi emoción fue grande cuando refrendé que allí se encontraban las muchas publicaciones que Alexis Márquez Rodríguez había escrito sobre el stravinskyano autor de La consagración de la primavera. Aunque era asunto sabido la veneración que el crítico sentía por el gran Alejo y la dedicación que ese gesto estudioso le había supuesto por muchos años, no dejaba de ser singular que allí, como al acaso, estuvieran sus trabajos y con ellos una parte importante de lo mucho que Venezuela quiso al músico-escritor que por tanto tiempo había estado entre nosotros y de lo benéfica que había sido para la estética del país su etapa venezolana. El músico que Carpentier llevaba dentro (como gustaba decir) había aflorado y fructificado al abrigo de nuestros mejores firmamentos y en un tiempo en el que nuestro arte sonoro y nuestro arte verbal estuvieron profusamente constelados (el último Sojo, Lecuna, Estévez, Plaza, Moleiro, Castellanos, Carreño y Calcaño tanto como Meneses, Núñez, Garmendia, Otero Silva, Adriano, Trejo y, en este tiempo ya, el primer Balza). Entre tantos documentos, su columna “Letra y solfa” (más tarde hecha libro) cargó de armonías las páginas de El Nacional, su mejor hogar literario venezolano; y su novela Los pasos perdidos recuperó para el mundo la selva y la silva de nuestro país de misterios y maravilloserías. La corona de la pasión carpenteriana de Alexis llegaría el año 2008 con la publicación de esa suma crítica titulada Alejo Carpentier: Teoría y práctica del barroco y lo real maravilloso (Taurus, Editorial Santillana), que yo mismo, por invitación del autor, presenté en la segunda Librería Alejandría, de Caracas.

 

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La celebración del centenario del nacimiento de Arturo Uslar Pietri, el año 2006 y los siguientes, motivaría un conjunto de homenajes, eventos y reconocimientos que convocarían al país lector, pensante y escriturario en torno a la divulgación, edición y hermenéutica literarias del grande ensayista. Entre otros, valdría recordar los volúmenes colectivos Los nombres de Arturo Uslar Pietri (2006), compilado por Mariano Nava Contreras y publicado por la Universidad de los Andes; Arturo Uslar Pietri. Humanismo y americanismo (2008), reunido por Tomás Straka y publicado por la Universidad Católica Andrés Bello; Arturo Uslar Pietri: Valoración múltiple (2013), ordenado por Rafael Arráiz Lucca y Edgardo Mondolfi Gudat y publicado por El Nacional y la Universidad Metropolitana; que constituyeron experiencias de estudio y veneración muy esclarecedoras y justas sobre lo que significaba el nombre plural del intelectual y  la gestión de arte e iluminación de su obra. Asimismo, la edición de la Biblioteca Uslar Pietri, por parte de Libros El Nacional, cumpliría una notable significación recuperadora y una nueva puesta en circulación del legado narrativo y ensayístico de este autor. También, serían muchos los eventos, ciclos de conferencias y sesiones públicas que se sucederían por todo el país y desde los espacios más diversos para festejar admirativamente la figura prominente y apolínea del autor de Las lanzas coloradas, El camino de El Dorado, La isla de Robinson, Oficio de difuntos y La visita en el tiempo; sus cincos faros narrativos de alta tesitura.

Uno de estos eventos, organizado esta vez por el diario El Carabobeño y la Universidad de Carabobo, nos llevaría a Alexis y a mí, como representantes de la Academia Venezolana de la Lengua, a la ciudad de Valencia, en esos mismos años, para disertar sobre la novelística de Uslar y sobre las señas de español criollo en el arte de narrar del escritor centenario. La anécdota sería el rico trayecto de viaje que compartimos, plácido y nutricio a la ida, y violento a la vuelta. Yo había ido manejando mi carro y una manifestación antigubernamental hizo que apenas salir de la ciudad, a la altura del puente de La Cabrera, unas barricadas colocadas por manifestantes y trabajadores del ferrocarril en construcción que protestaban buscando mejores tratos salariales y reivindicaciones que solo ellos sabrían, nos impidieron continuar por varias horas nuestro viaje celebratorio de la literatura de Uslar. Cuando finalmente pudimos vernos libres de la retención y las negociaciones parecían dar tregua a la violencia y anunciar el fin de la fila enorme de vehículos inmovilizados, apenas arrancábamos, una gran peñona nos dio en el vidrio trasero con gran susto y estropicio, pero sin daños mayores para Alexis y para mí, que tomamos carretera rumbo a Caracas, felizmente apedreados. 

 

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Amigos antes de la Academia y amigos después de la Academia, Alexis y yo fuimos siempre compañeros. A pesar de la diferencia de edad y de la diversidad de trayectorias, nunca me hizo sentir que estaba por encima de mí en lo intelectual (y realmente lo estaba) y, nunca, que él estaba para ejercer una tutoría, guiatura o contraloría en ninguna de mis actuaciones. Llego a la Academia con su apoyo y ocupo el cargo de presidente con su entusiasmo. Jamás recibí de Alexis una palabra de recriminación o de confrontación. Aunque estuviera en contra de algo que yo dijera o hiciera, siempre recibía de él su magisterio franco (nada parecido al de esos falsos maestros que creen que tienen la misión de estar poniendo puntos sobre las íes, aunque ya estas íes los tuvieran). Creyó en que la renovación de la Academia era un asunto de edad y, también, de visión joven (pues no siempre lo primero trae consigo lo segundo). Se le debe a Alexis, como también a su compañero de vida y literatura Oscar Sambrano Urdaneta y a sus amigos Luis Pastori, Blas Bruni Celli, Manuel Bermúdez y Efraín Subero, el que la Academia Venezolana de la Lengua haya comenzado un proceso de inteligente renovación. Aunque el presente de la institución respalda el proyecto, el futuro ganará con la búsqueda de interlocutores de pensamiento verdaderamente actuales y de pares académicos ajenos a toda farsa de modernización. El cansancio mental deviene en mala ejecutoria, modo hipócrita y ruindad en los tratos, comportamientos repudiados siempre por los maestros verdaderos como Alexis. Hizo suyas las palabras que hacia mí escribiera el príncipe Sambrano Urdaneta: “Francisco Javier Pérez es el más joven de los académicos y el más académico de los jóvenes”.

 

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Su dilatada gestión en la vida pública y su posición en la prensa nacional hicieron de Alexis una voz de permanencia. Su magisterio, llano y sin fisuras, fue un ejercicio de amplio cometido social (en particular, el relativo a las muchas consultas que recibía y contestaba sobre asuntos de lenguaje; de nuestro uso del español) y demostró con él que su carácter hosco solo era una mampara para esconder al hombre bueno y simple que era y al maestro siempre dispuesto a contestar las preguntas más obvias o sin sentido de los que le escribían o se le acercaban. Aquí, también, afloró el indiscutible respeto que conquistó entre públicos de muy diverso carácter. Alexis podía ser interlocutor de las más brillantes luminarias de la vida pública e intelectual, tanto como de las personas más comunes y corrientes. Para ellas inventó su columna “Con la lengua”, su mayor acto de entrega al país desde las fronteras de la lingüística vocacional.

 

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Habría que cruzar dos ideas solo en apariencia distantes y de dos de autores lejanos solamente en señas de espacio: Paul Valéry y Mariano Picón-Salas (son muchos los momentos en los que su ensayística aparece invocando los principios del genial autor de El cementerio marino). Ellas nos van a permitir alcanzar la caracterización de Alexis Márquez Rodríguez. En la más cercana, el intérprete de Los malos salvajes (1962) quiere que sea la mentira el signo de nuestro tiempo. Explora la escritura de la novelería en su juego de espejos para entender lo ocurrido (y lo aportado) con (y por) Emma Bovary, soñadora y mentirosa. En calidad venezolana, arriba a la figura del “novelero” para completar una semántica a la que agrede como resultado de lo postizo e inauténtico y lo adventicio que es contrario al ser auténtico y original y solo producto de modas e imitaciones. En clave flaubertiana, el poeta francés querrá que el escritor sea aquel hombre que “se anima a romper el silencio general y a tomar la palabra” (Recuerdos literarios, 1928).

Alexis se atrevió a tomar la palabra y quiso siempre romper el silencio para ir en contra del signo de nuestros tiempos. Cultor de la verdad, aun equivocándose, su credo literario y su acción de crítico jamás se dejaría llevar por lo que los demás quisieran escuchar. Descreía de toda complacencia y solo dejaba correr su acción y su palabra para producir explicaciones sobre los principios en los que creía, aunque nadie más los creyera. Sabía también reconocer sus errores, aunque su imagen física hablara de la sólida e imperturbable firmeza de sus posiciones. Aprendió mucho sobre la verdad y sobre lo dañina que es la falsedad en las marismas infectas de nuestra política. Comunista viejo, supo virar su nave hacia playas más nobles. Sabía que la tarea del crítico era efímera y que el rigor no era rígido: “Los críticos trabajamos a conciencia de que cuanto decimos hoy, mañana puede perder toda vigencia”. Sin embargo, estaba convencido de que valía la pena el intento. Su vida y su obra fueron el mejor ensayo para combatir la mentira y para aferrarse a esa tabla de salvación que siempre son la franqueza y la autenticidad.