• Caracas (Venezuela)

Francisco Cajiao

Al instante

El salón de clase

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Así como el quirófano es el escenario del cirujano o el taller lleno de pinturas es el del artista, el lugar donde se juega el maestro su capacidad profesional es el salón de clase.

El aula de clase no como un espacio físico, sino como una relación entre un maestro y un grupo de aprendices que juntos pretenden descubrir los secretos del mundo. Que ello ocurra en una sala moderna y bien iluminada, a la orilla de un río, o en una plaza de mercado, es hasta cierto punto secundario.

En esa relación con sus niños y con el mundo es donde se conoce el verdadero pedagogo: esa maestra capaz de enamorar a sus pequeños interlocutores de las maravillas de la naturaleza, de las posibilidades del lenguaje, del juego riguroso de lógica y precisión de la matemática.

Como lo decía Heidegger, el verdadero maestro no es el más erudito o el más locuaz, sino aquel cuyo gran mérito es dejar aprender. Es necesario estar atento a las necesidades y posibilidades del niño que va descubriendo poco a poco lo que le gusta y le apasiona, porque esa pasión es el motor que impulsa al logro.

No es fácil decir cuáles son las características de un buen maestro. Estudios realizados muestran que algunos estudiantes valoran una buena cátedra tradicional, otros prefieren las sesiones en que se desarrollan trabajos en grupo o ejercicios prácticos. Tampoco hay una regla que diga que las actividades realizadas fuera del salón son provechosas, o que un determinado tiempo de clase es el ideal. Pero en todos los estudios hay una coincidencia en destacar que el entusiasmo del maestro por lo que propone aprender a sus estudiantes es fundamental.

Lo que es indiscutible es que el éxito o el fracaso escolar ocurren en el aula de clase. A los niños les va bien o mal en su salón de clase: ahí descubren lo que les gusta y lo que odian, aquello para lo que tienen talento y aquello en que tempranamente son desalentados.