• Caracas (Venezuela)

Florence Thomas

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Florence Thomas

Acento: la revista gay de los 90

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Hubiera podido hacer carrera en ese sistema tan cómodo y tan mediocre como el de la publicidad. Después de todo, ya era reconocido. Cuentas, ideas y grandes cheques. En los noventa todo era fácil. Y al mismo tiempo, nada lo era. Quiero decir, no era fácil creer que uno, una, podía ser distinto.

Y ahí, impulsado por un fervor que siempre lo acompañó, Fernando Toledo decidió romper la historia colombiana y, con un grupo de amigos y amigas, fundó una revista gay llamada Acento. Parece anodino. Hoy parece casi irrelevante. Pero recuerden los noventa. Por favor, recuerden qué significaba que un grupo de independientes fundaran una revista con un enfoque claramente homosexual. Lo sabré yo, quien en estos tiempos y con un grupo de amigas de la Universidad Nacional fundamos una revista feminista.

Sin embargo, y en el caso de las diversidades sexuales, aún no había muchos militantes, o si los había eran marginales.
Aún no existían asociaciones, y si las había eran clandestinas. Colombia Diversa, la fundación, todavía era un sueño que Virgilio Barco Jr. hizo realidad. No había políticas públicas. Las feministas tampoco eran muy reconocidas y por supuesto aún no escribían en la prensa. Mi primera columna en El Tiempo fue en 1999. Los gays y las feministas vivían de leer el canon porque era lo único que había: Pasolini, Gide, Beauvoir, Yourcenar, el Fernando Vallejo joven, algo de los Beats, sobre todo de William Burroughs. Allí intentábamos buscar sentidos para miles y miles de colombianos y colombianas que eran diferentes.

Fernando Toledo venía de un medio acomodado. Esto le dio legitimidad al proyecto. Junto con un par de personalidades como Ignacio Díaz y Gloria Zea, entre otros, logró lanzar poco más de seis revistas, todas de una innegable relevancia. La revista, de amplia paginación, era a full color, con secciones peculiares y siempre con un tono tranquilo y optimista.

Aprovecho para insistir sobre la importancia de la lucha, que en los noventa emprendió Fernando Toledo. Ya los gays dejaban de ser objetos de los chistes populares o de las trasescenas nocturnas de bares olvidados y marginales. Entonces se volvían gente común, o casi; empezaron a mostrarse en las telenovelas, no importa si todavía algo caricaturizados. Y por primera vez aparecieron en las agendas políticas de los movimientos sociales, no propiamente gracias a la izquierda, que siempre los ignoró. Lo mismo les pasó a las feministas, o casi, porque ellas nunca aparecieron ni aparecen en telenovelas...

Los obituarios de Fernando Toledo fueron demasiado escuetos. Entre otras, porque no sopesaron el hecho indiscutible de que este ser humano, como cientos de otros y otras en el mundo, abrió caminos. Y sopesaron demasiado el otro Fernando, que también fue importante.

Cierto, fue un buen novelista (Liturgia de difuntos, 2002; La cantata del mal, 2006), fue comentarista cultural, director de la HJUT, donde reemplazó a su amigo Bernardo Hoyos. La ópera fue una de sus pasiones y su cultura general siempre me asombraba. No sabía –muchos y muchas no sabíamos– que estaba enfermo. La última vez que lo vimos yo estaba con mi hijo Nicolás en el Festival de Teatro. Estaba lejos, entre la gente. Estaba con su compañero de vida, el adorable Mario Cifuentes. De haber sabido que no lo volvería a ver, me hubiera gustado abrazarlo y decirle muy despacio, un verso de Jacques Brel, “tu es parti la paix dans l´âme”.