• Caracas (Venezuela)

Fernando Travieso y Magaly Irady

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Desigualdad y pobreza agudizan los riesgos climáticos en ALC

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Los efectos del cambio climático se dejarán sentir con intensidad en la región de América Latina y el Caribe (ALC). Aunque el clima regional ya comenzó a registrar transformaciones y se enfrenta a múltiples riesgos como ciclones tropicales, inundaciones, sequías y oleadas de calor, para las próximas décadas se esperan impactos más severos que tendrán consecuencias en la salud de la población, sus medios de subsistencia, la situación económica, el medioambiente y la disponibilidad de recursos naturales.

Para identificar los niveles de afectación de los países de ALC, la empresa asesora de riesgos globales Maplecroft, con el patrocinio de la Corporación Andina de Fomento, CAF, aplicó en 2014 el interesante indicador conocido como Índice de Vulnerabilidad al Cambio Climático (IVCC). El criterio de fondo del indicador es que tal vulnerabilidad es un asunto multidimensional que está sujeto a la influencia de un cúmulo más amplio de factores subyacentes. Es decir, se piensa que la consecuencia de los impactos físicos del fenómeno va más allá de la exposición de un país a las variaciones climáticas, toda vez que involucra también la sensibilidad intrínseca de la población y la capacidad institucional para poner en marcha medidas efectivas de adaptación. Por tanto, es posible reducir la vulnerabilidad disminuyendo la sensibilidad de la población afectada y mejorando la capacidad de adaptación de la sociedad al cambio climático, pero lograrlo implica comprender el contexto social, económico, político y ambiental del país y sus sistemas, ya que son clave en sus posibilidades de adaptación futura para preservación del hábitat.

En líneas generales, a partir del análisis realizado se advierte que más de 50% de la población de ALC reside en países con riesgos altos o extremos de vulnerabilidad, con el agravante de que esos mismos países generan cerca de la mitad del PIB de la región, aunque tal vez uno de los aportes más importantes fue el constatar que los países con escaso desarrollo socioeconómico presentan los mayores grados de vulnerabilidad; en efecto, la vulnerabilidad extrema se concentra en los países dependientes de la agricultura y zonas urbanas deprimidas en las naciones insulares más grandes del Caribe y en Centroamérica, las cuales registran alto grado de exposición relativa, con excepción de Panamá (riesgo medio) y de Costa Rica (riesgo bajo). En particular, destaca Haití, cuyos retos económicos, políticos y sociales representan los mayores riesgos de la región y es probable que este país sufra las mayores adversidades por causa de los impactos del cambio climático, en razón de su muy escasa capacidad para defenderse ante los fenómenos extremos o incluso los cambios graduales.

Por su parte, en Suramérica sobresalen Paraguay y Bolivia –con dos de los menores PIB per cápita de la región– como las naciones más vulnerables al cambio climático, si bien en Venezuela, Ecuador, Colombia, México y Perú también existen grandes extensiones de territorio con elevados niveles de vulnerabilidad.

Vale destacar la elevada vulnerabilidad de las ciudades capitales de la región –centros de la gobernabilidad nacional e impulsoras del desarrollo– toda vez que 48% de ellas se ubica en la categoría de riesgo extremo, mientras el 52% restante quedó clasificada como en riesgo alto o medio y ninguna en riesgo bajo. En esas capitales están algunas de las ciudades más grandes del mundo, como Ciudad de México y Buenos Aires, aunque las perspectivas de capacidad adaptativa que muestran moderan su grado de vulnerabilidad. Aun así, la situación puede adquirir rasgos de gravedad ya que se estima que una proporción significativa del crecimiento futuro ocurra precisamente en zonas urbanas vulnerables.

Una realidad que no podrá ser ignorada por los gobiernos durante mucho tiempo salta a la vista: la pobreza, la desigualdad y las altas tasas de urbanización constituyen factores que incrementan la vulnerabilidad de la población de ALC al cambio climático, por lo que, para lograr una adaptación exitosa será indispensable no solo desarrollar procesos económicos eficientes y sostenibles que incluyan a los sectores urbanos y rurales excluidos hoy, sino un fortalecimiento de las capacidades institucionales y técnicas que permitan sostenerlo.