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Dos hombres consistentes

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Murieron este lunes 13 de abril del 2015 los escritores Eduardo Galeano y Günter Grass. Pertenecían a dos países, a dos generaciones, a dos maneras muy diferentes de narrar el mundo, pero tenían en común una misma vocación indeclinable a documentar –y a criticar de frente– los desmanes del pasado reciente. El uruguayo Galeano describió, desde la prosa poética y el periodismo, esta región asediada de los sesenta a los setenta por el autoritarismo: Las venas abiertas de América Latina, de 1971, sigue siendo un referente a la hora de discutir los embates de los imperialismos.

El alemán Grass contó, por medio del ensayo y de la ficción, la Alemania descorazonada que quedó luego de la Segunda Guerra Mundial: su obra corajuda, compuesta por novelas, memorias, poemas, dramas e ilustraciones, recibió en 1999 el Premio Nobel de Literatura.

Si algo les quedó claro a los lectores de los dos maestros, más allá de sus talentos en el terreno de la literatura y de los hallazgos estéticos que iluminaron sus oficios, fue que escribir sobre el mundo tenía mucho de gesto político: podría decirse que los dos lo hicieron en voz alta, en busca de un auditorio preparado para asumir sus responsabilidades democráticas y cansado de las versiones oficiales.

Eduardo Galeano, que se inició como caricaturista y luego se entregó al periodismo y la crítica, resistió con valor las arremetidas de la dictadura, jamás bajó la guardia en la denuncia de las desigualdades. Grass, un narrador complejo, ambiguo y contundente que sobrevivió a una juventud en la que incluso fue reclutado por los nazis, jamás se cansó de poner el dedo en la llaga de la historia de su patria: el recorrido que comenzó con la magnífica obra El tambor de hojalata (1959) terminó con la pesadumbre de la trágica A paso de cangrejo (2002). Si alguna coincidencia los unió fue la coherencia, la consistencia, el no callar ante el horror.