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Fernando Sánchez Torres | El tiempo. Bogotá

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Función social del médico

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Siempre he sostenido que los encargados de la educación de los médicos deberían preocuparse porque esa formación se encaminara al bienestar de la sociedad y no solo al provecho y prestigio personales. Lo creo porque el precepto constitucional de que la educación es una función social es una especie de “imperativo ético”, moral, en el que hay que imbuir a los estudiantes.

La medicina desempeña una misión de inmenso significado social, pues la vida y la salud de los ciudadanos son los bienes que debe salvaguardar. El papel de protectora de ese capital social le impone a la profesión una grave responsabilidad y, por lo mismo, obliga a que sus cultores sean prenda de garantía para quienes deben servir.

La mayoría de nuestras instituciones no inculcan a sus estudiantes conciencia de que ellos son líderes natos de la comunidad que los rodea y que para llegar a serlo de verdad es necesario que se revistan de sensibilidad social. Los estudios de epidemiología social han mostrado que existe una relación directa entre los estados de salud y la pertenencia a un determinado estrato o condición social.

Rudolf Virchow, el famoso patólogo alemán de la segunda mitad el siglo XIX, como corolario de sus investigaciones sobre brotes de enfermedades infecciosas, pudo afirmar que la pobreza y las condiciones de vida de la clase obrera eran factores responsables de las inequidades en salud.

En el libro del español Javier Segura del Pozo Desigualdades sociales en salud, encuentro una reflexión relacionada con la reforma de nuestro sistema de salud, y que compromete a la universidad como formadora de médicos: “No es suficiente aspirar –dice– a tener acceso a un buen médico y sofisticados recursos diagnósticos y terapéuticos hospitalarios, sino que tendríamos que luchar por una sociedad más justa si queremos mejorar la salud de todos: la salud colectiva o pública”.