• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Los que se quedan

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Los que se van han sido la noticia, página roja del espíritu.

Tema de conversación cotidiano. Fulano está en México, ¿no sabías?, hace meses, da clases en Monterrey. ¿Entonces, prácticamente no queda nadie en ese departamento? Así es, andan buscando lo que sea.

Tema de artículos y hasta de libros. Y son tantos los migrantes que forman asociaciones y montan areperas en cada destino, millón y medio parece. Y se retratan en grupo y salen en Facebook. Y Jaime Requena y Carlos Caputo establecen con rigor científico el número exacto de investigadores que nos han abandonado, 1.457.

Aquí solo vamos a recordar lo que eso representa para nuestro subdesarrollo impenitente e indicar la causa mayor de esa destrucción de las neuronas patrias, un gobierno de gorilas e izquierdistas jurásicos que odia el mérito, la inteligencia y la cultura. Pero sobre todo, conscientes de la pluralidad inagotable de situaciones y razones de esos que parten, no osaremos juzgarlos ética o políticamente. Habría que mirar, si es que se puede mirar y fuese el caso, cada uno de esos individualísimos destinos. (Yo me voy, me dijo alguien, porque me mataron a un hijo y odiaré este país toda la vida: ¿tiene usted un juicio de valor para enfrentar ese caso extremo?).

Los que no se van entonces. Comencemos por despejar algunas cosas. Una vasta porción de ciudadanos, aun deseándolo, no se va porque no tiene posibilidades de irse. Necesidad y no virtud. Otros, no muchos, se quedan por algún tipo de conveniencia personal, el billete por ejemplo. Nos interesan aquellos que han decidido quedarse. Hablamos de los que quieren pelear de alguna forma, más o menos directa o significativa, contra la barbarie o al menos no romper su permanencia en esta tierra por un tiempo sin límites. Así de duras y en varios sentidos peligrosas sean las circunstancias nacionales. Esos tipos abundan. Y, paradójicamente, son de los que más suelen sentir la sensación de destrucción del país y la perversión del entorno. Y, más paradójicamente, esas dolorosas espinas de la realidad, hundidas en carne propia o ajena, pueden multiplicar su afán de estar donde creen que deben estar.

Por supuesto que los políticos opositores activos están en el lugar más visible de este género, ejercen su oficio. Pero preferiría subrayar, sin mayor metodología, simplemente porque me son ámbitos próximos, los espíritus politizados que, por la edad o los avatares del oficio, están en la retaguardia pero que consideran impensable irse del país, aun yermo y roto. Porque no, porque alguna vez se juramentaron con su devenir. O algunos intelectuales que siguen ejerciendo su compromiso –¡vaya la palabreja indomable!– o al menos ejercen sus oficios creativos, en muchos casos en universidades, instituciones científicas o culturales, periódicos... cada vez más andrajosos. Pero ahí siguen.

Un ejemplo, en los dos sentidos de la palabra: yo recuerdo la cara de rabia y la dura respuesta, o rugido, de Teodoro Petkoff, el de ayer y el de siempre, cuando alguien le sugirió que sacara la nacionalidad europea, a la que tenía derecho, por si algo grave sucedía en Venezuela. ¿Se entiende?

A algunos se nos encarama un problema adicional. Sabemos que el concepto de nación, que se impuso no hace tanto, se está deshaciendo en el mundo globalizado. Lo cual explica no pocas cosas de las migraciones en todo el orbe y aquí. Que además creemos que somos modernos y universalistas y que las identidades regionales son bazofias teóricas. Y, por último, que el culto a la patria, las religiones nacionales, son una forma de chovinismo y de populismo abominables. Entonces cómo explicar nuestras fidelidades. Se podría invocar la adhesión al propio e intransferible destino, el amor fati de Nietzsche, o la infancia o los huesos de los ancestros o el paisaje con cerro o la fraternidad con aquellos que participamos en una misma travesía terrenal, conciudadanos. Quién sabe.

Y a lo mejor, después de tanta vaina, nos toca ser los primeros en mirar un súbito y deslumbrante amanecer y sentir un orgullo muy hondo batiendo en el pecho. Por nada en el fondo, por levantar la copa.