• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

La moda de la felicidad

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El concepto de felicidad, seguramente bastante indefinible e inestable, a lo mejor inservible, vaya usted a saber por qué razones se ha puesto de moda de unos años para acá. Tan viejo como el homo sapiens, se asoma y se esconde, o se disfraza, rueda con la historia. A lo mejor esa revalorización tiene que ver con el fin del comunismo, prolongada paz de los países confortables y su inevitable contagio a los que no lo son. Lo cierto es que hay mucha y diversa gente implicada en el asunto; desde brillantes filósofos, como André Comte-Sponville que ha llegado a escribir un libro titulado "La felicidad desesperdamente", hasta los que prometen éxito y liderazgo instantáneo (sobre todo en billetes). Sin olvidar una autoayuda academizada que llaman la psicología positiva, la explotación conductual barata de la neurociencia, los santurrones laicos como Cohelo, los "meditadores" de oficio para ser paradójico, cierta melosidad del Facebook, la publicidad de siempre que nos hace felices con un buen dentífrico, etc.

Por supuesto que como toda tendencia expandida, esta llega hasta la política. Por allí hay gente presuntamente seria que hace estudios estadísticos y hasta campeonatos de los países más felices del orbe, que dan los resultados más disímiles y desconcertantes. Hasta la ONU ha andado en esas indagaciones ociosas. Y nosotros tenemos un viceminesterio para la “suma felicidad social del pueblo”, título bolivariano y orwelliano, del que nadie ha tenido nunca la menor información de qué hace para cumplir tan sublime tarea.

Por supuesto que como todo fenómeno de mentalidades, implica sofisticados análisis que no estamos en condición de hacer, felizmente. Lo hemos traído a colación, posiblemente por los cabellos, para indicar que nuestras actuales vidas de venezolanos aplastados por la desgracia y el despotismo transcurren junto a esos estímulos hacia la alegría sostenida (¿felicidad?) que, sin lugar a dudas, la hacen más siniestras.

Feliz, lo que se llama feliz, debe haber muy pocos ciudadanos en este demolido país. Hasta los ricos, de ayer y de hoy, los que no se han ido, al menos, deben andar continuamente asustados por asaltantes y secuestradores, a pesar del blindaje de los carros y las modernidades con que protegen sus viviendas. Y deben lamentar no poder disfrutar de las noches caraqueñas, antaño con sus gracias, sus restaurantes franceses y sus sitios para beber un trago y dejarse ver, hoy solas y oscuras, donde se supone habita toda suerte de íncubos, súcubos y otros demonios inclementes. Claro, sus instrumentos para acercarse a los placeres no dejan de ser consistentes.

Ahora bien, de clase media para abajo, en escala descendente, las cosas comienzan a ser no infelices sino torturantes. Sometidos a unos sátrapas sin límites, que no contentos con haber destruido completamente el país, no aceptan la menor invitación a reconstruirlo, ni amnistía, ni derecho del Poder Legislativo a legislar, ni dejar de ser la peor economía del planeta ni tomar medidas para auxiliar a tres de cuatro venezolanos pobres, ni poner freno al hampa más criminal del planeta, ni coto a la escasez que produce hambre en los hogares y muertos en los hospitales, etc. La infelicidad, casi absoluta, pues.

Lo cual explica más sobre la condición humana que los budistas con corbata o las resiliencias, o las emociones positivas y otras verduras. Pero sobre todo aclara la doble vida con que tenemos que enfrentar la crisis, acompañados por ejemplo del discurso ridículamente exaltativo de Maduro y sus cuatreros, el jingle jubiloso, el consumismo atrofiado, las sandeces radioeléctricas locales y la televisión por cable que pareciera a veces que habla de Marte o Venus, las fotos sonrientes del pana en la tasca madrileña, el reggaetón en el autobús, esos mendaces sanadores de oficio.

Entre el imaginario de la felicidad, que no podemos evitar, y la angustia, la tristeza y la miseria que nos inunda, así vivimos los venezolanos. Entre una mentira y un puñal.