• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

Como para no creerlo

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En muy breve tiempo han aterrizado en Cuba grandes emblemas del orbe globalizado, tan grandes que han generado sonoros titulares en el planeta entero. El papa que vive en Roma, el presidente del Imperio, la banda musical más notoria y aguerrida del rock, la filmación de la octava repetición de Rápidos y furiosos (pieza ilustrativa de la última decadencia de Hollywood), los traseros de las Kardashian y un exquisito y multimillonario desfile de moda francesa con inspiración cubana, incluida boina del Che a la parisina y toques verde oliva.

He dejado este último para el final del asombroso menú porque me parece el más curioso y el más perverso, fetichista más precisamente. Haber escogido La Habana, una bella ciudad en ruinas y llena de automóviles de hace más de medio siglo no es un azar. Lo que un ojo menos sofisticado que los de Chanel consideraría pobreza y demolición, monumento a un inmenso fracaso histórico, es para estos un  fascinante vintage. El mundo de la alta moda es, en su exclusividad y sus ritos rigurosos, una aristocracia que sobrevive en la sociedad de masas. Por eso hay un vínculo con esos habitantes de otro mundo  desfasado. Nada más romántico que una ruina o el fracaso. Un naufragio de Turner. El Chevrolet del 52, la ciudad devastada por el salitre y la dialéctica. Claro, también el Caribe, la música, los barbudos, Hemingway y las prostitutas de antaño (y de ahora). Nostalgia y sabor local por doquier. Pero lo que sostiene la posibilidad de esa lectura y el resto de la invasión a la isla exótica es que se ha perdido ya todo contenido revolucionario, por tanto, los papas no pecan ni los rockeros pierden su frenética y entrópica furia, ni Obama reverencia a Lenin en sus andanzas. Cuba es un vacío, un pasado, un cero a la izquierda y a la derecha, una esfinge. El último bagazo de una historia muy real. Una dictadura, seguro, pero es otro tema.

Un paréntesis para señalar otro hecho singular en China, singular a pesar de que ya estamos acostumbrados a sus millones de millonarios y sus rascacielos del futuro. El presidente de la compañía Disney fue recibido por el presidente chino con los honores reservados a los jefes de Estado (bueno, al fin y al cabo Disneylandia es un país, con varias colonias en el mundo). Se trata de poner en marcha una nueva en Shanghai, valorada en 5.500 millones de dólares,  casi la mitad de las reservas venezolanas. Además, aplaudir el éxito que tienen sus películas, como El libro de la selva que hace reventar las taquillas. Digo que es un caso especial porque afecta la ideología y antaño una de sus zonas privilegiadas, la formación de la juventud.

Si juntamos esto que han juntado las noticias de estos días podríamos concluir no que han desaparecido las ideologías, probablemente están más vivas y son más eficientes que nunca, pero sí que la ideología de la revolución marxista-leninista que marcó el destino de miles de millones de seres humanos se deshace a un ritmo muy acelerado. O se trasladan sus restos a otros contextos o se borran para siempre muchas de sus construcciones fundamentales. Si no que lo digan los sucesores del otrora detestado fundador del citado emporio cinematográfico, macartista redomado. El ratón Mickey sigue más vivo que muchos héroes de los pueblos venerados antier hasta el delirio.

Al parecer lo que queda de más expandido de aquellos manuales de materialismo que explicaban lo divino, el nacimiento de la conciencia, y lo humano, cómo se produce la plusvalía, es esa versión triste, ignorantona y cursi que llaman populismo. Retazos del marxismo mezclados con cuanta cosa pueda mover los resortes más primarios de la mayor cantidad de gente. Para su inevitable perdición. Lea usted a su ideólogo más sincero, el señor Ernesto Laclau, poscomunista, y podrá constatar estos asertos. Y en la práctica no hay ni habrá ejemplo más destacado que el caso Venezuela, la de Chávez y Maduro, que convirtió algo así como 1 billón de dólares petroleros en colas de hambre y  hospitales para morir de penuria. Inigualable.