• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

No cesa de llover

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Pensé comenzar diciendo, ¿excusándome?, que por esta vez no iba a hablar de política. Pero luego caí en cuenta de que sí se trataba de política hablar de una novela que intenta indagar en la naturaleza existencial, metafísica, espiritual… de esa especie única que hace, entre otras cosas, política. Lo que sí es cierto es que no me es un tema habitual y que me motivó la densidad y riqueza conceptual del libro en cuestión, No cesa de llover, de Joaquín Marta Sosa (Fundavag, 2016). No me cuesta decir que creo que es una de las novelas más importantes que se hayan escrito en este país hoy y ayer. Y que a mí me conmovió hasta producirme una notable desazón. La crítica se la dejo a los críticos, pero atención a la opulencia del léxico y a la extremada artesanía sintáctica.

Lo primero que hay que anotar es que Marta Sosa es básicamente un poeta de vasta obra y esta es su única novela. Novela del otoño, macerada largos años y que mucho tiene de decantación de una visión del mundo, de síntesis de una filosofía vital. Cualquiera sea la dosis, que no es poca, de autobiografía que contiene. Argumental y vital, discutible claro.

Esas trescientas y tantas páginas suceden en una sola noche, fin de año, noche de un golpe de Estado además, en un larguísimo y zigzagueante monólogo de un anciano, que sabe su muerte cercana, absolutamente solitario en un geriátrico para ricos, mudo por un cáncer esofágico, paralítico, sucios sus pañales. Bordes últimos de la condición humana que marcan el tono dominante de la obra. Llueve sin cesar realmente.

Claro, es una novela sobre la vejez y la muerte, pero no únicamente, hay toda una larga y variada vida antes de llegar a la mar. Eso primero lo logra con una notable sabiduría. Reiteradamente aflora el tema del tiempo agotado, del fin de la dimensión del futuro y por tanto de la imposibilidad de la vida, de la corporeidad que se anega de su fin. Pero ese desgarramiento, de donde surge el agobiante divagar del personaje, acaso solo extrema la estructura temporal del hombre, ser memoria y nada, peso irreversible del pasado y vacío incierto del futuro. Memoria que necesariamente crece y devora y porvenir que se achica con la exactitud de los relojes. El tono cadencioso y estancado del relato hace particularmente vívida y asfixiante esta última estancia existencial.

Pero a través de la rememoración obsesiva del anciano va surgiendo una imagen desoladora de ese balance final, el de un hombre que al fin y al cabo mucho tuvo de eso que tantos llaman éxito, vanidades otros. Casi todas las facetas del hacer humano aparecen descritas con un realismo feroz e incisivo: la política, por ejemplo, como una inasible utopía y, realistamente, como un implacable juego de poder, egolatría y corrupción. O el amor como un casi imposible e inevitable afán, efímero en cualquier caso. Una visión seguramente “pesimista” pero llena de personalidad, de una rara implacabilidad diría, de una suerte de realismo agresivo y seco, sin lágrimas, que además le da una notable agilidad narrativa. Todo gobernado por una idea central: la verdadera vida está siempre ausente; ese algo que hacemos y que nos hace, destino diríamos, parece siempre distorsionarnos. Alejarnos de un itinerario secreto con el cual no atinamos a dar pero que sirve como fantasma del extravío. Las vidas que no fuimos, los otros posibles de la libertad o de la determinación, acosan al anciano que apenas puede memorizar con vaguedad sus escogencias. No hay el amor fati de Nietzsche, sino un acuciante vértigo de los posibles. Además una densa y precisa culpa moral que mutila la escasa paz que el anciano busca para su hora final. El pasado es pétreo, inmodificable, a veces juez implacable.

Poco común incursión en una subjetividad rota, con una asertividad desconcertante. Y que en estos días de incertidumbres, cenizas y bazofias nos recuerda la espiritualidad y nuestro definitivo soliloquio, eterno, con el tiempo y nuestras laberínticas huellas vitales. Más allá de toda cultura espectáculo y cualquier petulancia literaria.