• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

El acertijo del diálogo

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Por supuesto que en las democracias funcionales, que no son pocas, no se necesita Diálogo (en adelante con mayúscula) porque los que participan en ellas dialogan (siempre en minúscula) cotidianamente para llegar a acuerdos sobre sus conflictos; es más, esas conversas son componente esencial para que funcionen como democracias. Estas tienen lugar en los sitios institucionales destinados a ellas, por ejemplo, en ese lugar estelar, como su nombre lo indica, el Parlamento. También ocurren tomando algunas copas de aquavit en algún bar de la gélida y próspera Oslo o en algún café de la muy culta y austera Montevideo. Estas últimas maneras de charlar, aunque menos solemnes pueden ser tanto o más importantes que las primeras. De manera que Diálogo no se invoca o se instala sino en aquellas sociedades en que no se dialoga, es decir, en democracias que no funcionan, en que no se reconoce al otro y sus derechos, sobre todos desde el poder que debe establecer las reglas del juego.

Desde hace ya tiempo y de forma bastante bizarra en Venezuela se habla de un tal Diálogo. Lo cual indica que no dialogamos, asunto bastante obvio y que basta para probarlo oír un rato un discurso de Nicolás Maduro para caer en cuenta de que sus opositores reciben los más inclementes epítetos y sus argumentos son tan estrepitosamente irracionales, falaces (en estos días dijo que Venezuela estaba a la vanguardia del mundo) y destemplados que nadie podría tomarlos en serio, digerirlos y responderlos. La aguda mirada del presidente Ricardo Lagos hace algún tiempo descubrió con asombro la ausencia de mínimos puentes entre nuestro gobierno y la oposición, fenómeno que consideró muy raro y síntoma altamente significativo y alarmante de la enfermedad nacional. La llamamos polarización y al parecer el medicamento más recomendable es, parece, el Diálogo.

Ha mucho que pende sobre nuestras cabezas ese remedio y hasta vimos un round televisado de este en que la oposición le dio una tunda al gobierno. Nada más, de resto han sido puras palabras, promesas, difusos reclamos. Pero uno en verdad vive desconcertado con el asunto. Porque se pensaría que para propiciarlo es necesario que las partes se acerquen, que moderen el lenguaje, por ejemplo, que el presidente del país hable como un presidente; que la Asamblea no sea un escuadrón artillado del capitán; que comiencen a soltar presos; que haya azarosos encuentros felices y moderadas sonrisas. Y como sucede lo contrario uno piensa que nos alejamos cada vez más de ese desiderátum. Pero he ahí el equívoco y su desconcierto y el mío.

Porque también se dice que el Diálogo va a venir, sí, pero cuando la cosas se pongan peor, más peor si es posible, infernales. Usted no ve cuánta gente sensata lo solicita todavía, desde el santo padre que vive en Roma hasta cualquier notable mirón que pasa por estas tristes tierras. Fíjese, la venida de Felipe González parecía una bomba. El gobierno trató de fusilarlo verbalmente y hasta su llegada abría un suspenso de los buenos, algunos hasta pensaron que le podían echar encima los rabiosos colectivos. Felipe no flaqueó un momento pero proclamó Diálogo y más Diálogo y se atemperó el suspenso del thriller.

No hay manera, este pende sobre nuestras cabezas, en buen tiempo y sobre todo en mal tiempo. ¿No tardaron cincuenta años matándose los colombianos para poder sentarse en La Habana?; recuerde Centroamérica; y la entente de Obama y Raúl, para citar la sensación del momento. 

En fin, que no hay que desesperar cuando padezca los horrores que vivimos a diario o el temor de que nos convirtamos definitivamente en país forajido o fallido, al final podría haber una mesa donde se sienten los que hoy se odian. Lo malo es que a lo mejor muchos de nosotros no estaremos ya por estos lados para poder celebrarlo.