• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

Vecina humanidad

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En días cercanos y muy juntos la humanidad, la especie globalizada, se asomó mucho y muy ostentosamente a nuestro provinciano y engurruñado país. De manera ineludible al pasar a ser un paciente muy maltrecho acostado en la mesa de la OEA para ver qué sanación le pueden encontrar 33 improvisados  galenos y un Almagro. Deplorable, vergonzosa situación, que hasta el nada pundonoroso presidente Maduro no pudo ignorar. Si a esto se le suma que debajo o detrás se mueven fuerzas ocultas  en un ajedrez para mí todavía muy poco claro, no sólo las combinaciones exteriores sino sus vínculos con las vernáculas, pues no cabe duda de que hemos tenido una experiencia cosmopolita muy excitante y por demás dramática.

Pero igualmente me parece que muchos conciudadanos oyeron el estruendo de tres hechos mundiales ineludibles: la desastrosa pifia de Gran Bretaña,  el primer país moderno del planeta y del cual se espera continuamente alguna sabiduría añejada en siglos de democracia y desvergüenzas imperiales, al abandonar la comunidad europea, la más hermosa y realista de las experiencias de cohabitación humana contemporáneas, para deterioro de ésta y para su propio mal que es lo más triste. Pasto de payasos chovinistas, populistas y racistas. Tampoco nos resultaron indiferentes las elecciones españolas, en parte porque ya somos del Barça o del Real Madrid, pero también porque Podemos era un espejo en que no pocos tenían horror de ver multiplicado el chavismo. Si bien allí ganó la derecha llena de rememoranzas franquistas, los que juzgan el mundo con el parámetro único de lo que nos favorece en nuestra lucha contra la barbarie local se supone que deben estar muy contentos no solo por el hundimiento inesperado de Iglesias y su tribu,  sino incluso del PSOE que algo tiene que ver con la todavía enigmática silueta de Zapatero, que cada vez parece aclararse más o mejor dicho oscurecerse. Y, por último, nada menos que el penalty fallido y la renuncia de Messi, que es, sin lugar a dudas, uno de los más desolados  tangos de la ya larga y cada vez más universal  historia del indiscutido rey de los deportes.

Qué pequeño es el mundo, ha debido decir más de uno. O qué revueltos estamos, todo a la vuelta de la esquina, otros. O qué necedad eso de andar buscándonos especificidades, tanto nos parecemos: los ingleses demuestran que pueblos entontecidos hay por doquier, España que siempre la “derecha y la izquierda unidas jamás serán vencidas” (N. Parra) y Messi que nos es genético eso de caernos, todos, a cada rato, hasta la caída sepulcral  e irreversible. Y que a  los hijos de Bolívar nos hayan puesto en terapia intensiva los vecinos quizás cure a más de un esquizoide producto de las operetas épicas, incultas y cursis con que el que se fue ensalzaba nuestro gentilicio, lo cual hay que celebrarlo.

Si somos parte de la humanidad no sería ocioso que de vez en cuando nos ocupásemos de ella y nos preguntásemos por su naturaleza y su destino, por su ser diría algún filósofo metafísico. Que seamos capaces de pintar la capilla Sixtina o inventar el Smartphone dice bien de nosotros. Que nos andemos matando sin misericordia y en elevadísimos números desde que el mundo es mundo, habla de una especie de depredadores incontinentes e incorregibles, poseídos por esa pulsión tanática de que habló Freud tras la degollina infame de la Primera Guerra Mundial,  en  el corazón mismo de la civilización. De manera que es cosa de gente sensata repensar nuestras dolencias incurables y no dejarnos seducir por la felicidad consumista, la proliferación de parques Disney o las recetas de la psicología rosa y otros vendedores de baratijas para tener éxito y sonrisas permanentes, así como el tal Cala. O, ahora lo sabemos por experiencia, para no creer en los cuentos rojos de los vendedores de paraísos colectivistas que siempre terminan en uno o muchos gulags. Y para intentar, por último, volver a algunos saberes algo clásicos que recomendaban la contención, la generosidad y la lucidez como virtudes imprescindibles para una modesta vida buena.