• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

Uno y otro

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No tengo dudas de que el gran error y horror de las doctrinas colectivistas contemporáneas, la más orgánica el marxismo que llegó a dominar medio mundo, es el haber olvidado el individuo. El individuo de “la democracia de los modernos”, aquel que posee en principio un conjunto de derechos inalienables, sea cuales fuesen los conjuntos humanos a los cuales pertenece. Pero es igualmente indudable que ese individuo y sus derechos no pueden eludir de hecho los contextos societarios en los cuales están insertos y de los cuales depende su salud física y anímica.

Los venezolanos vivimos una experiencia que, sin duda, corrobora con fuerza estos  asertos. De las más diversas maneras hemos visto al mundo entorno, en manos sin escrúpulos, despóticas, intervenir en nuestras vidas, deteriorarlas material y espiritualmente. De muchas maneras incidió en nuestros derechos, arraigos, sentimientos, destinos. Hizo huir y  desunió familias. Multiplicó la pobreza y la escasez de los bienes terrenales. Nos insultó, nos mintió, nos  reprimió,  burló las leyes más capitales. Hizo proliferar la delincuencia criminal. Acabó con las instituciones, la civilidad. Destruyó la necesidad del saber. Se robó sin medida el dinero de todos. Nos llenó de ira, de miedo, de rencores y hasta desprecio nos indujo hacia esta tierra, sus tradiciones y sus mañanas. En fin nos quiso convertir en masa amorfa y humillada tras unos jefecillos con charreteras y sus secuaces. En pocas palabras nos robó alegría y fraternidad y oxidó el tono de nuestras voces. Imagino que esto lo suscribirá todo aquel que quiso defender en este tranco de historia sus derechos esenciales, su recinto interior.

Siempre sucede esta irrupción de la otredad en nuestra existencia. Pero a veces lo hace de manera brutal, rompiendo ese difícil equilibrio entre la interioridad intransferible y el mundo. Eso ha pasado en  Venezuela y es el fondo de la tragedia nacional de este inicio de siglo. Pero es posible que podamos haber interiorizado el otro principio, ahora muy valioso, al menos para las generaciones que puedan hacer reverdecer el país,  y que no es difícil de olvidar en mejores circunstancias, cosa que hicimos y mucho en el pasado: que no hay otra manera de encontrar una relativa serenidad y realización individual sino en una sociedad que alcance razonable equidad entre ciudadanos respetables  y respetados y capaces de llevar una vida material digna. Algo de eso pasa en las mejores democracias del planeta. Esa es la condición indispensable para nuestra  búsqueda de autonomía, serenidad y armonía personales. Búsqueda inestable ciertamente,  al fin y al cabo el hombre es un problema irresoluble, (pero sin otro patrimonio que la vida). En definitiva es  la  vuelta de que en horas señaladas se llamó compromiso histórico.