• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Es necesaria a la riqueza expresiva colectiva la presencia de numerosos grupos con fines sociales parciales, estatales o no, que no pasan o no deberían pasar por los partidos políticos y con derechos de participar en el debate cívico. Es la polifonía social deseable.

Esto para decir que si algo puede caracterizar los regímenes autocráticos, como el que padecemos, es la  reducción de este deseo sinfónico a exiguas expresiones. Y nos parece importante señalarlo porque ello registra el empobrecimiento vivido de la pluralidad discursiva, pero también  los cambios que ha traído la nueva mayoría popular, opositora. Antes que nada afirmemos que ese silenciamiento ha sido una labor consciente y sistemática del chavismo, en la cual el insulto, la boca sucia, ha sido un elemento principalísimo. Para tal demolición era fundamental una desacralización inicial que convirtiese objetivos respetados en carne de cañón.

La santa madre Iglesia Católica, digamos. Ni nuestros comunistas, sus enemigos principistas por aquello del opio de los pueblos, osaban querellarse con la religión mayoritaria de los venezolanos, como hicieron algunos pecadores liberales del siglo XIX. El alcance y las bondades del poder histórico real de nuestros clérigos son discutibles, pero sin duda eran intocables. Bueno, fue necesario que Chávez les dijera de todo, hasta que tenían el diablo metido debajo de las sotanas, para que su majestad se tambalease y los redujera a una defensiva compostura. Es cierto que han cogido un segundo aire, todo el país lo ha hecho, pero también en su caso producto de que el Comandante, viendo la nada muy cerca, se vistió de Nazareno, que a los cubanos les dio por cobijarse bajo las cúpulas vaticanas, que apareció Francisco sustituyendo con discursos “progresistas” el eficiente anticomunismo de Juan Pablo II, etc. Pero ahora su voz es a un tiempo más recia, más prudente, más parca. Seguramente más efectiva.

De los medios qué otra cosa podemos subrayar que la agonía a que fue llevada la libertad de expresión a punta de represiones físicas, desafueros judiciales, manejo de concesiones, compras obligadas de poderosos consorcios, cicatería politizada del papel, censuras múltiples, conateles, ocultamiento de la información oficial, creación de un sistema propio digno de cualquier mafia. Es verdad igualmente que las redes sociales, la emigración de periodistas decentes y entrenados a Internet, la firme resistencia de algunos medios, la reconquista de la comunicación cara a cara y, después del 6-D, un cambio de algunas televisoras que quizás se cuadran para el futuro, permiten respirar.

Las fuerzas armadas es un caso curioso. Nunca brillaron desde la Batalla de Carabobo y aun alejadas del ágora en los años democráticos siempre metieron miedo. No olvidábamos las decenas de madrugonazos de nuestro pasado o de las historias de la Rotunda o la SN. Ahora tienen más poder que nunca y se les permitió decir cuanto atentado a la Constitución resultaba necesario, pero ese manejo artero y servil del poder y la palabra les dañó la voz. Las encuestas las tratan mal, han tenido que reprimir a estudiantes y a barrios populares (sobre esto último leer a J. V. Rangel, el propio), se les vincula, nacional e internacionalmente, a los más sucios negocios y a la mayor corrupción, Ramos Allup les envía cada andanada. Por no hablar de los daños impunes a las fronteras del país o la acción represiva y la complicidad ante la tragedia sin nombre del país.

Los empresarios y los obreros se han esfumado en la destrucción de la productividad nacional. Y ya ni Fedecámaras propone ministros de economía ni la CTV candidatos adecos. A este gobierno no le gustan sino sus propios y obscenos burgueses y detesta ideológicamente los sindicatos.

Se puede seguir sin dificultad: universidades derruidas, intelectuales en sus galpones, gremios acoquinados…

Pero otras voces están naciendo, hemos apuntado algunas y seguramente habrá que rehacer muy pronto el mapa señalado, el coro societario. Ojalá que revocado.