• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

Soldado valiente

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Soy de los que piensa que los abundantes proyectos de adoctrinamiento de los estudiantes de este gobierno son absolutamente inútiles. Para empezar porque cómo puede educar un gobierno tan poco educado. Qué sabe el jumento de dientes diáfanos. Pero también por una razón más de fondo, la convicción creciente de que ese concepto de ideología que tantos tormentos teóricos nos dio otrora es más bien vacío e inservible. Los soviéticos fueron sometidos siete décadas, por medio de todos los “aparatos ideológicos”, hasta por las narices, a un pensamiento único y, caído el imperio, este desapareció en un santiamén. Algo similar les pasará a los cubanos cuando se coloque cerca del retrato del Che en la Plaza de la Revolución el afiche de la última película de Scarlett Johansson. La escuela, y sus letanías doctrinarias, son bastante más tediosas que los banales festejos hollywoodenses. Qué de leseras históricas no nos enseñaron en la escuela que no dejaron el menor recuerdo, y eso que no habíamos visto todavía La pared de  Pink Floyd. Así que no hay que alarmarse demasiado.

Lo que sí no se puede negar es la inagotable capacidad de este régimen para sorprendernos en este campo, en todos los demás también. El Ceofanb y el Ministerio de la Defensa han emitido un instructivo para los colegios públicos cuyos fines son fomentar “la creatividad, la identidad nacional y la conciencia de servir a la patria” y “preservar en lo más íntimo de niños, niñas y jóvenes el amor a los libertadores y hombres en armas”. Lo primero que sorprende es el servilismo de este gobierno cívico-militar ante su jefatura uniformada al encargarle asuntos de educación y cultura, los más alejados de su tosca idiosincrasia. Hasta de manifestaciones artísticas que coronarán la patriótica empresa se van a ocupar los multisoleados: ensayos, canciones, teatros y poesías. Sinceramente hablando, ¿cree usted que hay alguna relación espiritual posible entre los generales que todos conocemos con Goethe, Elliot o Rafael Cadenas? “Alguna” quiere decir que los hayan oído nombrar al menos una vez. Bueno, presenciaremos un acto cultural, a lo Cabrujas, en un escenario en que San Rafael de Ejido va a parecer la Atenas de Pericles.

Pero a mí lo que me pone curioso es tratar de imaginar cómo los atribulados profesores de la materia van a explicar esa oscura historia. Valga por los próceres, pero dudo, por ejemplo, que Jaimito se aprenda la larguísima lista de militares que han sido tiranos en el país, cortando cabezas de los que querían libertad y saqueando el tesoro público. O los satánicos métodos de tortura del general Juan Vicente Gómez, alias el Bagre. O cómo Pérez Jiménez mandó a matar a Leonardo Ruiz Pineda y otros nobles demócratas. Y si se quiere algo más ameno, cómo olvidó la maleta de los billetes cuando huía al exilio. No olvidar la degollina del Caracazo, tampoco. Lo de la corrupción es incuantificable, sobre todo si le sumamos la de estos años que vivimos. Basten los ejemplos salteados, es imposible ser exhaustivos.

Igualmente será enojoso explicar otro tema obligatorio, por qué hemos perdido tanto territorio patrio sin haber disparado un tiro, que para eso se supone que están primordialmente los valientes soldados.

Pero lo más dificultoso va a ser explicar el presente gobierno en que el estado mayor conjunto es accionista mayoritario, como su nombre lo indica. Se podría sintetizar el tópico en una de las más enigmáticas preguntas de nuestra historia: ¿cómo se logró la hazaña magna de convertir la más promisoria etapa de nuestro devenir nacional en la más catastrófica de nuestras recurrentes crisis y en todos los renglones, la moral, el latrocinio de lo público, la criminalidad, la inflación, la escasez, el deterioro de los servicios, la vileza política, la estúpida manera de gobernar…? ¿Cómo lo hicimos todo a un mismo tiempo y con tal intensidad?

Esta instrucción patriótica dejará pálidas todas las ridiculeces que en el pasado educacional cometimos, y eso es ya interesante, pero yo recomendaría, cívicamente hablando, dejar el asunto para mejor ocasión.