• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Preámbulo

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Las lecturas de nuestras actitudes políticas opositoras, de su dirigencia o, incluso, de los entornos internacionales que nos rodean resultan más complejas de lo que habitualmente creen ciertos críticos agresivos, que casi siempre piden enérgicas, instantáneas y decisivas acciones. Por lo general no suelen precisar cuáles serían esas soluciones “duras” a los males ciertamente terribles que nos aquejan. Buena parte reflejan una callada invocación al despertar de los cuarteles, de madrugada preferiblemente. Otros hacen un impreciso llamado a algo que denominan la calle que, ya lo sabemos por recientes experiencias, es muy complicada, y además polisémica, va de la bailoterapia y la meditación masiva hasta el Caracazo, la plaza egipcia de Tahrir, o la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques. Baste recordar al respecto el reciente y abrumador triunfo opositor el 6-D que, entre otros efectos, tuvo el de callar a los que pronosticaban fraudes y otras desgracias, dado el insonoro desplazarse de la MUD ante los alaridos y acciones disfuncionales de un gobierno atemorizado e histérico. Pero tal especie renace, siempre lo hace, por ejemplo ante el conflicto de poderes que ha desatado, la semana pasada, ese antro indescriptible que es el Tribunal Supremo de este país.

Ahora bien, esas hipérboles aparte, cualquier análisis tiene que partir de que la situación que vivimos requiere soluciones inaplazables. Y sin tratar de fijar un tempo o sugerir tales o cuales acciones concretas todo pareciera indicar que se necesita un pronto cambio de gobierno para salir del horror que nos acosa cotidianamente. Y hay una razón esencial para ello, más allá del expediente de dieciséis años de disparates y delitos, que es la certeza de que para salir adelante necesitamos una ayuda exterior cuantiosa e inmediata, amén de reactivar la inversión privada nacional e internacional. Y este gobierno no está en capacidad de hacerlo, por tozudez e incultura ideológicas y por pérdida de credibilidad en todas las instancias capaces de auxiliarnos. Basta leer, entre otros muchos registros válidos, el último y exhaustivo artículo de Hausmann  y Santos, para no dudar de ello.

El gobierno además pierde aceleradamente apoyo, aun en sus propias filas, en una situación económica insostenible, pero parece querer jugar al caos y a la extrema conflictividad política. Sus apoyos castrenses y de militantes obcecados por sus pecados de larga data y/o su estrechez mental y clientelar siguen siendo un obstáculo y hasta un peligro de violencia indeseable. Es parte del ajedrez en curso y habría que esperar el paso de los días para saber más de la claridad deseada.

En cuanto al papel, probablemente muy importante en algún momento, que tiene hoy América Latina ante la tragedia venezolana sería menos intransigente que algunos. No hay país significativo en la región que no haya sido tildado de “injerencista” y cosas peores por nuestra ilustre Cancillería. El último México, siempre tan distante. Y los amigos juramentados han guardado un silencio inusitado que indica un expreso distanciamiento del enfermo contagioso. No es poco, no.

El venezolano de hoy padece en silencio y en las sombras. Solo hay esparcidas detonaciones de desesperación. No obstante, sabe, así lo creemos, que la escena final ha llegado, que el miedo a nada conduce cuando no hay vuelta atrás, que mucho ha aprendido del sufrimiento tanto tiempo soportado, que le espera todavía un camino más o menos empedrado y azaroso sea cual fuese el que escojamos. Tiene el orgullo de estar ahí, donde se debe, de pie, sabiéndose mayoría y tratando de atisbar el próximo paso requerido. No aspira a una felicidad fácil porque ya abomina la retórica vacua. Acaso tan solo a tener la dicha de ver el siempre deslumbrante cambio de las estaciones, la caída de las hojas del árbol, las primeras lluvias que enternecen la tierra reseca y árida.