• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Mundo ajeno

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Algo  que le debemos a la demolición chavista es habernos alejado de la atención al ancho mundo. Nos hemos obsedido de tal manera con lo que sucede a nuestro alrededor que hemos distanciado o ignorado lo que pasa allá y acullá. Y, a decir verdad, no es para menos si reparamos en la cuantía, la crueldad, la irracionalidad, el dislate, la rapiña, en fin, la catástrofe acaecida en este desventurado país. Claro, como todas las obsesiones, ha sido y es una enfermedad, máscara de la angustia, diría Freud.

Pero queríamos subrayar que esto ha sucedido justo cuando el mundo se unificaba con más prisa, se globalizaba radicalmente. Y por ende, así viviéramos rumiando la pócima que nos descomponía, no escapábamos de los destinos de la especie. Por tanto, sería conveniente que cuando logremos limitar la obsesión, a lo mejor este 6-D hará lo suyo, fuésemos más conscientes de que una epidemia en África, un glaciar que se disuelve, un movimiento brusco del yen o del euro, el invento descocado de un superdotado de Silicon Valley, las migraciones del sur entrañable al norte opulento, la depresión de las materias primas cuando China se indigesta… y siga usted enumerando, son cosas que hacen parte integral de eso que algunos llaman identidad nacional, mucho más que Guaicaipuro y el doctor José Gregorio Hernández. Para no hablar de algo tan presente y tangible como las ya incontables “injerencias” del mundo civilizado sobre esta Venezuela chavista en descomposición.

Habría que pedirles entonces a los medios, o a lo que queda de ellos después de ametrallarlos o putearlos, que amplíen sus secciones internacionales. Habría que reinventar un cuerpo diplomático con conocimientos del oficio, adecuados modales y sin  inclinación delictiva. Y decidirnos a acatar las formas institucionales que la humanidad va creando, a duras penas, para poner algo de orden y límites en el inmenso y enervado hormiguero planetario, “al borde del suicidio” dice Francisco.

Entender, sobre todo, que los caminos que vaya a tomar la humanidad serán también los nuestros. Y que algunos son muy torcidos, que tienen que ver o con la opulencia  que produce, por ejemplo, obesidad corporal, consumismo cerebral y cambios fatales de clima o con la indigencia que mata infantes por hambre o engendra los fanatismos religiosos que decapitan herejes. Esa mezcla de pasados y presentes que se han sintetizado de tan mala manera que amenazan la especie y el planeta que la aloja. Y que necesitarán un gran esfuerzo del pensar y el actuar de todos para recobrar el control humano del futuro y propiciar algo así como un poco de serenidad colectiva y hasta algo de dicha verdadera. Para eso no sirven ni populistas ni charreteras sin cultura y sin escrúpulos. Al menos eso tengámoslo por seguro.