• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Mitos

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Como parte del maltrato de todo cuanto ha tocado el chavismo en el país, desde la producción de caraotas y papas hasta el saber académico o la moral ciudadana, hubo el intento por producir una intoxicación ideológica irreversible en el cerebro de los venezolanos. Baste recordar las inacabables peroratas de Chávez sobre todo lo divino y lo humano: mezcla de retazos del cadáver del marxismo, además mal aprendidos; nacionalismo y populismo folletinescos; burdas demagogia y retórica militarista; hinchadas por un narcisismo hiperbólico. Basta revivirlas un instante, decimos, para calibrar las dimensiones del detritus discursivo recibido por las circunvoluciones del cerebro nacional. O el descomunal culto a la personalidad que el caudillo generó en la vida y en la muerte entre sus acólitos, esos ojos orwellianos que todo lo miran: servilismo o necrofilia, siempre interesada manipulación. No hay que insistir, todos lo hemos padecido, aceptándolo o repudiándolo.

No obstante pensamos que si bien fue una “narrativa”, como la llaman curiosamente algunos, que en algo contribuyó a un prolongado ejercicio de poder, seguramente no más que los suculentos y copiosos precios del petróleo, su incoherencia y pobreza conceptual no cambió sino muy someramente la mentalidad nacional. Dicen las encuestas y entendidos que esta siguió considerando buenos tipos a los empresarios, Miami un paraíso, Cuba y el comunismo ni por asomo, el consumo un bien supremo, el marxismo-leninismo una secta esotérica. Quizás pasa siempre  con la inculcación ideológica como parece demostrarlo la caída de la URSS en que los efectos de setenta años de uso intensivo de todos los aparatos ideológicos en una sola y única dirección desaparecieron en un santiamén y la patria de Lenin terminó con el retorno de los zares y un capitalismo salvaje y mafioso, dirigido por un capo fraterno de Berlusconi y Trump.

Pero no hay que menospreciar el uso de esa masa gigantesca de palabras y símbolos, por aberrantes que sean, ella sirve para desarticular y envilecer las instituciones, justificar los abusos de poder y otros delitos con base en un suprematismo moral mil veces repetido (somos revolucionarios y nos permitimos atropellar…) y, más generalmente, para bloquear la posibilidad de un discurso moderno, racionalista, ilustrado y no perversamente mítico, que es el que pudiese rehacer la república y ubicarla en el presente y en el globo. Por eso no es tarea menor y prescindible o postergable, como algunos pudiesen pensar, la inmensa faena de limpiar las neuronas de los venezolanos de semejante contaminación. Y no pocas veces, ojalá no sean demasiadas, habrá que aplicar la lógica del bastón torcido que hay que doblarlo hasta el otro extremo para poder enderezarlo. Algo así pasó con los famosos retratos de la Asamblea, que ya es tema aburrido.