• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Militantes

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Uso el término en un sentido lato y seguramente bastante arbitrario. Digamos que el trajín habitual lo utiliza para aquellos que pertenecen a una organización con fines ideales, en especial los partidos políticos. No es eso, aunque tampoco esté tan lejos de lo que pretendo expresar.

Se trata de que muchísimos venezolanos hace un par de decenios veían la política como una actividad bastante deleznable, prescindible y no pocas veces delictiva. Triunfaba, pues, por todo lo ancho, la antipolítica. Auspiciada, además, por mucha gente, élites y medios. Y, seguramente, por la decadencia de la actividad política misma y la estacional sequía petrolera. Más de la mitad de los venezolanos eran pobres de solemnidad, pero al diablo, la cosa era hacerse del billete, la gala o el renombre y no mirar hacia los cerros cuando se iba al club de playa o al aeropuerto para viajar a los países venturosos. Lo cual ya va siendo  historia vieja.

Ciertamente que no llegó la redención a ese poco enaltecedor panorama pero sí la barbarie y la demolición inimaginable del país, el arrase de lo que de civilización, modernidad y democracia habíamos construido, que no era poco. No es raro entonces que se oyera en todos estos años el sonsonete que estábamos pagando, en exceso se hacía hincapié, confesos pecados históricos. Y es tan monstruosa la destrucción nacional, que casi todos nos vimos afectados en lo esencial de nuestras vidas. Claro, siempre quedaron altaneros viejos ricos y se multiplicaron desaforadamente los nuevos, ávidos e incontinentes, pero las grandes mayorías a estas alturas tienen muy poco que perder. De manera que este es hoy un país de víctimas, las de siempre y las nuevas que crearon las hordas ignorantes, rapaces y sin moral que pusieron sus garras sobre el país y la inconsciencia reinante para hacer sus innumerables fechorías y abismales desaciertos.

Y mire usted. Mientras más inmunda se hacía la política reinante, nosotros, los aplastados, nos politizábamos hasta niveles poco comunes. Durante todo este tiempo de sombras comimos política a toda hora, con sus sobredosis de vejámenes y contusiones. Tantas que muchos decidieron tomar las de Villadiego. Yo dudo que en pocos países ha existido tal obsesión y por tanto tiempo por los problemas públicos, a lo cual sin duda no es ajeno el temor porque nos convirtieran en la última Cuba de la historia y el carácter invasivo y la atroz insolencia del Líder y los suyos. Pienso que hemos sentido, los opositores digo, en diversas medidas mucho odio y nos hemos visto contaminados por la carroña que corría por las calles. Pero creo que hemos ido aprendiendo, el sufrimiento suele generar la sabiduría que permite resistirlo, el arte y la ética de la verdadera política. Es decir, hemos estado trocando la rabia, la soberbia, el despecho, la inconformidad muy personal por algo así como un sentimiento, un ideal: que debíamos impedir la inmolación de este país que, al fin y al cabo, torcido y cojitranco, es el nuestro, el que nos deparó el azar cósmico y genético. Y así, lo cual es extremadamente importante, en no poca medida fuimos perdiendo el individualismo y el miedo, que suelen andar juntos. A mí me da la impresión de que el setenta y tantos por ciento de opositores estamos dispuestos hoy a hacer alguna cosa, aunque sea vociferar por las redes o maldecir en las colas, para parar de sufrir. Somos, pues, militantes de una causa, por vaga, distinta y desordenada que sea nuestra participación en ella. Militantes hechos en lo esencial por la desgracia.

Como no se trata de decirle a nadie qué hacer o no hacer, no somos miembros de ningún comité central, ni la mayoría se ha juramentado en alguna bandería, tan solo queremos sugerirle que haga lo que pueda para acabar con esta peste que mata. Mientras más, mejor; mientras más corajuda y constante y más solidaria y unificadamente, mejor. Asumir conscientemente nuestro papel dentro de este brumoso colectivo nacional. Siempre ayuda a vivir tener una tarea noble por realizar, y seguramente, algún día, nos devolverán la tierra, así no sea mañana ni pasado. Aunque pudiera ser muy pronto también.