• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Marea baja

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Sobre todo algunas miradas foráneas –muchas veces se mira mejor de lejos– suelen sorprenderse de que una crisis de la magnitud de la venezolana, especialmente por su agresión a los aspectos más vitales de la población, no se corresponda con la difusa y baja intensidad de las respuestas de las amplias mayorías victimadas por un gobierno agónico y pendenciero.

Es cierto que hay saqueos atomizados, protestas pacíficas –pocas veces agresivas–, linchamientos esporádicos,  múltiples metástasis de la anomia en los lugares más insólitos. Casi todas ellas espontáneas y producto de la cólera, el desespero y hasta de la voluntad de vivir. Paralelamente a esto hay reiterados, incesantes, signos de la imposibilidad de movilizar políticamente a los ciudadanos, que no sea electoralmente. La mejor muestra de ello es el continuo fracaso de las convocatorias a manifestaciones o congregaciones de calle, aun por los objetivos primordiales de la resistencia, como aquellas destinadas a propiciar el referéndum revocatorio, única y unitaria salida del régimen en la propuesta opositora. A lo cual se podrían sumar las pocas pasiones que despiertan los partidos políticos, a pesar de las abrumadoras cifras electorales de diciembre pasado o el rechazo unánime y aplastante de las encuestas al régimen madurista. O, para mí muy sintomático, el muy bajo nivel de combatividad del movimiento estudiantil organizado que, salvo en muy esporádicas y breves ocasiones, se ha manifestado de otra manera que no sea ganando torneos electorales, y ello durante más de tres lustros y en detrimento de una añeja tradición de luchas.

Todo esto es tan patente que se habla muy a menudo a propósito de la actual dramática coyuntura de movimiento social y movimiento político como si fuesen dos entidades separadas. De la falta de sincronía entre ambas. Del afán fallido de fundirlas en una. O al menos de que esos reclamos y arrestos atomizados puedan convertirse en amplios movimientos, capaces de enfrentar el poder del Estado comatoso. He allí un problema muy complejo y primordial.

Hace una semanas Moisés Naim escribió en El País sobre la creciente falta de credibilidad de los ciudadanos, registrada en diversos sondeos de opinión mundiales, en cualquier entidad colectiva, aun en aquellas que tuvieron no ha mucho alta consideración. Excepción hecha de la empatía patológica, irracional, brujería dice, de adherirse a sujetos carismáticos, Chávez verbigracia. Se trata del efecto un fenómeno creciente que el pensamiento social ha registrado desde hace décadas, un individualismo nunca antes visto dice Lipovetsky en la Era del vacío. Que pone en cuestión desde la idea de nación hasta la del secular sindicato y, ojo si a futuro, la pareja humana con aspiraciones a cierta permanencia. Pero no vayamos tan lejos.

Por ahora sería bastante reconocer que tenemos una traba que nos impide organizarnos debidamente para salir de la cloaca en que nos han metido. Y que los que nos aplastan parecieran saberlo y usarlo. Atropellando los derechos humanos, mintiendo mañana y tarde (el ministro del interior acusa a todo el mundo casi mecánicamente y José Vicente Rangel, sic, lo trata de masacrador del pueblo), aplastando todas las costillas de la Constitución, incapaces de frenar el camino del hambre y la muerte de mengua, protegiendo los delincuentes con y sin uniforme.

Los atuendos y hábitos del populismo son execrables, de ese averno venimos, pero las formas “clásicas” de organización y liderazgo parecen demasiado frías para mover sujetos políticamente serializados y sordos a fuer del ruido o el silencio que los envuelve y aísla y, como si fuese poco, hoy afanados cotidianamente en sobrevivir en colas y en asquerosos hospitales.

Mucho ha durado esto, demasiado. Habría que reinventar unas cuantas cosas y no en los laboratorios sociales. Para empezar una acción desmitificadora que limpie de tanta porquería acumulada en estos años inacabables y que multiplica los escollos. Y habría que buscar una manera de hablar en que cada ciudadano se sienta concernido con su nombre y apellido y el de su prole.  Más que leyes e instituciones habría que inventar una economía  política para Pedro y María.