• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

Borges

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Esta no es ni una crítica ni una crónica de la exposición actual de Jacobo Borges. Es, si se quiere, un acompañamiento. Más exactamente quiere ser un intento de aclararme porqué su obra, en estos lares, ha contribuido a mantener mi fe en las artes plásticas en un momento en que sectores vastos y esclarecidos del pensamiento han cuestionado, abominado y hasta dado por muertas las más ostentosas (y costosas) de sus vanguardias. Despreciadas o muertas por sus excesos. Al parecer la culpa de ello la tiene una insólita mezcla de la voracidad ilimitada del mercado, decenas de millones de dólares por el tiburón plastificada de Hisrt es una desmesura, y la genial y terrible intuición de Marcel Duchamp de que el arte no es solo un hacer virtuoso sino que se alcanza seleccionando y mostrando los objetos más banales y cotidianos, el urinario es una hipérbole de la inteligencia. Pero detengámonos, se trata de tema demasiado vasto y complejo.

Borges es un pintor que asume el arte milenario del dibujo y el color, tan viejo como las Cuevas de Altamira. No por azar se ha autorretratado como su admirado Rembrandt y algo de clásico –de forma que equilibra el contenido– hay en lo mejor de su obra. “La pintura ha sido siempre la pintura”, dice. Pero ese apego a la tradición se cruza con una continua, incesante, ¿excesiva?, renovación de temas (figuras monstruosas, jugadoras, comedoras de helados, neocomulgantes, cameratas, poderosos políticos y oligarcas, retratos y autorretratos, paisajes, flora, Ávilas, abstracciones…) e igualmente de sus maneras pictóricas que lo hacen estar siempre en el temple de la hora, además de la de su reloj personal. Pocos de nuestros pintores han sido tan apasionados por la invención, la novedad, lo inexplorado, el espíritu pues de la vanguardia. Esa mezcla es provechosa no solo para su creatividad sino también para su comunicación con un público anonadado por la proliferación babélica de códigos de la plástica actual, diría Umberto Eco.

En épocas más estructuradas, en los inicios de la segunda mitad del siglo pasado, donde se reactivaban creativamente las vanguardias históricas nacidas con la centuria, Borges tuvo para muchos de nosotros una propuesta, figurativa y “crítica”, que nos aparecía ideológicamente como verazmente comprometida con la polis, contrapuesta a la frialdad e indiferencia social del arte retiniano, especialmente a la exitosa tendencia cinética venezolana. El tiempo pasa y esas diferencias como siempre tienden a diluirse, más discursos adheridos a las obras que las obras mismas, y nosotros los receptores ya no somos los mismos. Pero sigo encontrando en la obra de Jacobo más humana plenitud que en las acrobacias ópticas. Cuestión de gustos y colores si ustedes quieren, para no pelear.

Hay también en la obra de nuestro pintor una duplicidad curiosa. Si bien es un pintor básicamente figurativo, producto de la emergencia de la “nueva figuración”, y por ende atado siempre a algún referente “real” es esencialmente un pintor profundamente imaginativo. De allí lo imprevisible de sus temas sucesivos: ¿por qué diablos ocuparse de esas inesperables primeras omuniones? O las continuas mutaciones de sus maneras que son muchas, desde un estilizado realismo que evoca la pintura clásica a explosiones expresionistas incontinentes y hasta un abstraccionismo digital. Pero aquí encontramos de nuevo equilibrios que potencian su exaltación poética y su calidez comunicativa.

No quisiera terminar sin referirme a un Borges que muchos venezolanos, por razones etarias, no conocieron. Y que por su naturaleza y por la desidia nacional prácticamente desapareció. Me refiero a ese monumental intento de producir una confabulación de las artes, que fue Imagen de Caracas, un insólito y deslumbrante (sic) evento, audiovisual sobre todo, para celebrar el centenario de la ciudad y que capitaneó el pintor. Entérese si fuera menester.