• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Aprendizaje

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Que América Latina decae económicamente, ya es un lugar común. Igualmente que la causa mayor de ese descenso es la caída del precio de las materias primas, a la cabeza el petróleo, de ciento y tantos a veinte y tantos dólares. De la década dorada a un futuro incierto, pues.

Al basural que estamos viviendo en Venezuela, también a la cabeza de la mala hora regional hay que ver todo ello con más sagacidad y circunspección. “La región está muy lejos de ser homogénea como muchos creen”, dice M. Hopenhayn, alto dirigente de Cepal.

Por lo pronto ello origina, en nuestro caso, sentimientos muy encontrados lo cual mucho indica sobre nuestra siniestra singularidad. Por ejemplo, entender que la pendiente en cuestión nos permite salir de una cáfila de sinvergüenzas, engañadores de pueblos y corruptos inigualables, ahora desnudos de oropeles y escarnecidos. Pero, por otra parte, el precio es sumamente alto para reconquistar la sensatez: nos estamos muriendo de penurias, como nunca en Venezuela. Poco de que alegrarse por ahora, así este sea un tránsito doloroso hacia praderas históricas más feraces.

Pero más complicado para el análisis es que durante esos años de bonanza las cosas anduvieron muy bien a escala regional: millones de pobres se hicieron “vulnerables” como se dice ahora (clase media precaria, reversible) y también clase media plena. El índice de pobreza bajó insólitamente de 43,9 a 28,8 en 10 años. Lo que seguramente indica que se debe buscar alguna virtud en el período y no el simple efecto del dinero abundante. En todo caso la tendencia se revierte, aunque desigualmente, ahora que los dólares se escabullen, 75% de pobres en Venezuela (UCAB, USB, UCV). Pero seguimos siendo la escoria si pensamos que en el subcontinente tan solo se ha estancado la cifra promedio de pobreza indicada. Realidades elocuentes de las señaladas diferencias regionales.

Algunos, los más torpes y simplistas, hablan de unos ciclos casi inevitables y catastróficos en que se va entre nosotros de la precaria prosperidad al desastre y viceversa. Es un ritornelo falso y más bien idiota. Baste recordar que en Venezuela Chávez surge de la decadencia de la “cuarta república”, después del viernes negro, la obsolescencia del bipartidismo y el petróleo a menos de 10 dólares. O que los esposos Kirchner llegan a una Argentina de corralitos y presidentes de pocos días. Y que, salvo cuando llovía petróleo o soja, no hicieron otra cosa que hundir económicamente y prostituir moralmente a sus países. Ejemplos contrarios de índices de desarrollo ciertos y sostenidos son también inequívocos y abundantes. De manera que los tales dioses malignos, maldiciones identitarias, en el fondo, no nos castigan como algunos oscuros evangelistas predican.

Con respecto al manejo del dinero engordado de los altos precios de los comodities, la cosa parece ser particularmente diversa. Chávez despilfarró un billón de dólares y dejó el país sin papel sanitario; Evo no lo hizo mal, a pesar de su mediocridad personal y sus disparates ideológicos, y Bolivia goza hoy de un bienestar sin precedentes, lo que indica metódicamente que es conveniente quirúrgica y provisoriamente separar lo político de lo económico. En el resto de los países, ahora con una tendencia común a la baja, hay notables matices en sus estados de salud, como hubo y hay también diferencias entre sus grados de prácticas y rituales populistas o de sensatez mercantil. Un panorama que obliga a estar más atentos a las particularidades de cada caso.

Estamos seguros de que el país puede y debe reprogramarse para un futuro que, en lo inmediato, obliga a medidas de urgencia, se diría que bastante obvias y consensuales, para empezar el cambio de gobierno. Pero también tiene que pensarse a mediano y largo plazo. Es en ese sentido que es importante analizar lo que ha sucedido en América Latina en el pasado reciente en que en muy pocos años se mezclan un desarrollo notable de la región y un deterioro casi inmediato que es el reto que se nos presenta. Es una excelente meditación para no repetir el horror.