• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

Animales feroces

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No hay muchas dudas de que los venezolanos, salvo algunos enchufados y ciertos obcecados, sienten que están viviendo en las puertas del infierno. En la última encuesta de Datanálisis más de 85% opina que Venezuela está enferma. Y no hay que ser demasiado versado en aritméticas de la opinión para sentirlo en el aire y en los rostros de los conciudadanos. Y, sin embargo, hay una aparente calma en el país. Según la misma encuesta, del pasado julio, tres de cada cuatro venezolanos no están dispuestos a asistir a marchas políticas, lo cual se ha hecho evidente en los reiterados fracasos de las convocatorias a esos eventos de opositores y oficialistas en los últimos tiempos. Y una cifra bastante mayor no está dispuesto a “guarimbear”, lo cual también es tangible en la mudez de las calles de nuestras ciudades, muchas de ellas enguerrilladas hace apenas unos meses. Se diría que no hay respuesta a esta espantosa crisis que según muchos debería hacer arder el país, convertirlo en algo así como un inmenso Caracazo. Y no. Que mañana o pasado sea de otra manera pudiese ser, razones abundan, veremos.

Pero la ira que se agiganta en el pecho del venezolano que hace horas de cola para comprar lo más elemental para el diario vivir; él, acosado por el hambre incapaz de pagar con sus irreales salarios los precios de la inflación; él, que es pasto de la enfermedad y la muerte por falta de recursos médicos; o teme ser víctima de los delincuencia cotidiana e impune; esa ira, decimos, tiene que drenarse de alguna manera. Y se derrama ciertamente en hechos puntuales y aislados, pero que son de una textura que pone en cuestión los mínimos supuestos de la vida civilizada por su violencia y su rechazo de toda legitimidad. Por ejemplo, las decenas de saqueos aislados de los últimos meses o la multiplicación de los linchamientos de delincuentes, aun de aquellos atrapados en delitos menores. Transgresiones frente a las cuales cuán cívicas aparecen las marchas pacíficas, ésas que impide Jorge Rodríguez en su territorio. O, aun, los enfrentamientos callejeros de cierta intensidad que al fin y al cabo generalmente se autorregulan y, por demás, son asaz frecuentes en casi todo el planeta.

Lo que tienen de espantoso el tipo de sucesos que aludimos es que se generan, como han dicho algunos psiquiatras en este diario, en la violencia del natural instinto de supervivencia, el hambre propia y de los amados o el terror paranoico al esperar el hijo que tarda en las noches escalofriantes. Esos pequeños escenarios, multiplicados, son los agujeros por los que se deshace el tejido social y dejan emerger la violencia primaria, la del lobo acorralado, frente a la cual las exigencias de la norma social ya no operan, la anomia pues. Que ellos sean el síntoma de explosiones mayores y con una finalidad política razonable no lo sabemos pero sí se podría afirmar que seguirán surgiendo aquí y allá, llagas en la epidermis dañada del país.

Pero, por supuesto, hay mucho más formas de violencia. Por ejemplo, la orgía de calumnias, estupideces, sadismo y disparatadas mentiras con que Maduro, abriendo la campaña electoral, ha tratado de convertir a la oposición en una suerte de banda de asesinos dirigida por Álvaro Uribe Vélez, refrendada por el defensor del pueblo (¡!) que se soltó el moño fascista. O las políticas represivas desproporcionadas del Estado histérico, esos operativos bélicos contra barrios enteros para pescar algunos pocos malvivientes y fastidiar a medio mundo.

No, no hay paz en el país. Mucho menos música y risas como pretende el gobierno. La guerra está ahí, solapada, doquier, hasta en el magro almuerzo que con vergüenza se sirve en casa. Hay que aceptarla y reconocerla para darle un sentido.