• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

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Daría la impresión de que, para unos y para otros, hemos entrado en una etapa en que no puede haber sino una solución definitiva para la espantosa, por espantosa, situación nacional. Valga decir que hemos llegado al fin de un muy largo y trágico camino, y que no queda sino el abismo a su término. Que, para usar la sonora consigna, ahora sí es hora de encontrar una salida.

Pero también surge una abrumadora duda sobre cuál es esa solución. La variedad es muy grande, como suele suceder en ocasiones tales. Desde el salvajismo fascista que esbozó el otro día el inefable Cabello, además de una descomunal incoherencia mental. Resulta que el pueblo que votó abrumadora y soberanamente por cambiar el hambre, el hospital inútil o el crimen nuestro de cada hora no es el verdadero pueblo. Hay otro, el de su mandar, chavista, revolucionario y que, no por minoritario, deja de ser el soberano por gracia del divino Hugo, y está dispuesto a combatir a sí mismo en buena medida, al menos cada vez que la Asamblea apruebe alguna medida que no sea de su gusto. Para eso hay que armar asambleas en las plazas del país para patear la Constitución. Porque no se trata, ojo, de un llamado a la insurrección que su lógica tiene, sino una cuartelera interpretación del derecho constitucional. Ya el gobierno la tomó, modificada y moderada, como banderín.

Pero hay los que sueñan, y no son pocos, que podemos arrejuntarnos todos los venezolanos y levantar esta tierra escarnecida, cada uno metiendo el hombro y el alma. Es pensable, pero tendría que ser una ardiente reconciliación y un perdón bíblico. Una coincidencia de puntos de vista milagrosamente unificados, ni el original pensador Salas ni los radicales de Cedice. Una sola voz, un canto. Difícil, ¿verdad Henri Falcón?

O se podría  salir de una vez de Maduro y Chávez. La cual sin duda sería la más regocijante de las soluciones y el verdadero reencuentro con la democracia y la posibilidad de una economía moderna capaz de liberarnos de las colas, los precios injustos y el Picure. Habría que ver cómo se cumple esa categórica y deseable promesa  de Ramos Allup, porque los caminos son varios y sinuosos.

En fin, cualquiera que sea la carta que termine vencedora, la descabellada y sangrienta del Congreso paralelo, la reunificación primaveral de la nación desgarrada, o la notable despedida de una de las grandes locuras de la política universal (sic), serían ciertamente episodios que abrirían un largo plazo, venturoso o siniestro. Porque no parece viable que nos pasemos mucho tiempo dándonos bofetadas y hundiéndonos más en el barro, desoídos crecientemente por los pobladores, como pudiese convertirse este torneo de poderes que vivimos. Convertidos, además, en uno de los objetos más asombrosos para los politólogos y afines de este mundo.