• Caracas (Venezuela)

Fernando Rodríguez

Al instante

¡Ah mundo!

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Es de creer, como ya dije una vez, que estos lustros del populismo-militarista, entre otros muchos males, nos ha hecho provincianos, especímenes del más obsesivo nacionalismo, patrioteros gustosos o a la fuerza. Las razones de ello son de diversa índole. Para los opositores demasiada e inevitable atención a la canallesca demolición del país. Los regímenes populistas son torvamente folklóricos, cultores de la identidad originaria y perenne, cursis a más no poder. O, por otro lado, hemos perdido una cantidad considerable de materia gris muy elaborada con los cerebros que se han ido. Las universidades y las ciencias fueron masacradas. La cultura tuvo que guarecerse en pequeñas fortalezas, muy nobles y loables, pero con escaso poder expansivo. Y así sucesivamente.

Eso nos ha hecho olvidar que no solo somos venezolanos, sino ascendiendo en la cadena conceptual, latinoamericanos, habitantes de un planeta muy globalizado y, por último, seres humanos que nacen, envejecen y desaparecen para siempre. A veces, claro, esos niveles se cruzan y se hacen exclamativamente presentes. Por ejemplo, Chávez se murió y comenzó a hundirse un armatoste político basado en el culto a su personalidad. O en América Latina hay cambios que empiezan a hacerla bastante distinta a los días de la Alba (¿existe?), Petrocaribe en expansión (¿cuánto queda?) y la Cuba irreductible, bagazo del comunismo universal. O los precios del petróleo se han vuelto cera y pabilo por enredos capitalistas, de amigos y enemigos, que superan las declamaciones altruistas e hipócritas del izquierdismo obtuso. Al fin y al cabo todo ello convive en nosotros, nos constituye.

Por ello queremos repetir que el venezolano nuevo, si su cerebro llega a escapar del zika, tendrá además que reconectarse con esos otros niveles que velan la miseria chavista, para poder ser un país a plenitud en un planeta altamente unificado y competitivo. Reinventar sólidas, amplias y lúcidas élites. Y tratar de encontrar algunos remansos en un orbe espiritualmente difícil (“sociedad del espectáculo” dicen algunos) donde aliviar los pesares de nuestra imperfecta condición de seres racionales que saben de sus límites y gratuidad.

Hemos perdido mucho tiempo para la velocidad de la rotación terráquea actual, demasiado espíritu que se ha debido dedicar a la creatividad y no a debatir con la ignorancia empoderada, tenemos cansancio y sed y a lo mejor no estaría mal recordar aquellos versos de Antonio Machado, después de apostrofar a su país de “charanga y pandereta”: “Mas otra España nace/ la España del cincel y de la maza…/ España de la rabia y de la idea”. Era una buena apuesta hablando a lo Pascal. Quizás pudiéramos parafrasearla ahora que pareciese que amanece de nuevo en esta tortuosa historia nuestra.