• Caracas (Venezuela)

Fernando Ochoa Antich

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La patraña de la unidad nacional

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Hugo Chávez, desde su triunfo en las elecciones presidenciales de 1998, dedicó todos sus esfuerzos a la siembra de odio entre los venezolanos. Su objetivo era claro: crear una hegemonía política, mediante la destrucción del pluralismo ideológico vigente en Venezuela desde 1958, para así lograr mantenerse en el poder, sin importarle la destrucción de Venezuela. Esa es la verdad. Estoy convencido de que ni siquiera los chavistas dudan de esta realidad. Está a la vista: la inseguridad cobró el año pasado más de 20.000 víctimas; la inflación crece vertiginosamente; la escasez  es incontrolable; y  la corrupción alcanza los niveles más altos de nuestra historia. Esta situación ha generado un profundo y creciente rechazo por parte de los venezolanos en contra del gobierno de Nicolás Maduro.

En medio de esta tragedia, surgió la decisión presidencial de Barack Obama, basada en la ley del 18 de diciembre de 2014, de declarar a Venezuela como “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional de Estados Unidos”. Maduro percibió que era una extraordinaria oportunidad para fortalecer su deteriorada imagen. Inmediatamente, se diseñó y activó una multimillonaria campaña de opinión  Lo primero que se hizo fue un llamado a la unidad nacional ante la amenaza extranjera para después convocar a los venezolanos a firmar una carta para solicitar la derogatoria del decreto. Posiblemente, los asesores en estrategia llegaron a pensar  que a través del chantaje patriotero la oposición caería en la provocación de firmar la carta.  Al darse cuenta de su fracaso, organizaron el espectáculo en la Asamblea Nacional.

La campaña continúa. Las cadenas se multiplican. El que no firma  es traidor a la patria. Los países que no se solidarizan con la posición del gobierno de Venezuela son señalados de serviles al Imperio. Un buen ejemplo, el caso del vicepresidente  del Uruguay, Raúl Sendic, quien con gran discreción expresó que “Uruguay no tenía elementos suficientes para acompañar las denuncias de injerencias externas hechas por Venezuela contra Estados Unidos”. La respuesta de Maduro fue irrespetuosa e inconveniente: “Un amigo en el sur dijo que no le constaba la injerencia de Estados Unidos en Venezuela. ¡Qué vergüenza! Estamos agredidos, intervenidos, amenazados”… La respuesta del gobierno del  Uruguay fue convocar al embajador de Venezuela a la Cancillería para hacerle conocer su desagrado. Un caso similar ocurrió con la posición del Perú.

Es posible, que la agresiva campaña de propaganda logre incentivar el sentimiento patriótico en muy pequeños sectores de la población, pero, es imposible que incida en la tendencia que, desde hace meses, orienta a la opinión pública: remplazar el gobierno de Nicolás Maduro. Una manera sencilla de comprobar esta realidad es comparar el contenido de las filípicas patrioteras del chavismo, en particular las constantes arengas de Maduro, y los reales temas de conversación de los ciudadanos. Nadie habla de la supuesta amenaza de Estados Unidos y mucho menos de la posibilidad de una invasión. Lo único que se hace es criticar al gobierno por su notoria incapacidad. El creciente descontento popular se impondrá de manera indetenible. Una vez más queda demostrado que la tradicional patraña de los gobiernos totalitarios, de convocar la unidad nacional para enfrentar supuestas amenazas externas, no rinde los frutos esperados.

 

Nota: En mi anterior artículo cometí un error. Lo rectifico. Dije “que el gobierno norteamericano tiene la certeza de que por Venezuela pasan, con complicidad de altos funcionarios del régimen, millones de kilos de cocaína con destino a los Estados Unidos y Europa”. Un amigo, conocedor del tema, me informó: en el mundo se producen 700.000 kilos de cocaína; por Venezuela pasan 300.000. Un hecho realmente grave.

fochoaantich@gmail.com

@FOchoaAntich