• Caracas (Venezuela)

Fernando Martínez Móttola

Al instante

La casa de los escombros

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La sensación es espeluznante, como de un cuento de Edgar Allan Poe. Pero se asemeja tanto a la realidad... Un día entras a tu casa y adviertes que el techo está resquebrajado y a punto de venirse abajo. Entonces, llamas a tu esposa. Y ella también te lo dice: “Juan José, este techo está que se desploma y el día menos pensado nos aplasta a todos”. Sin demora, alarmada, la pareja convoca a sus hijos y el comité familiar en pleno convalida de forma definitiva lo que es evidente: “Coño, papá, esta vaina se está cayendo”, declara con desparpajo el más carajito.

A la mañana siguiente, bien temprano, llegan los primeros vecinos, quienes, con el ceño fruncido y gestos de versados en la materia, después de dar vuelticas por la sala y deliberar entre ellos, no hacen sino ratificar que la familia se encuentra frente a una verdadera emergencia. Días más tarde, los albañiles de confianza concurren a la vivienda y, de entrada, reafirman que la situación es de extrema gravedad. ¡Hay que moverse rápido!

De a poco las grietas se marcan en las paredes, comienzan a caerse los primeros retazos, asfixiantes nubes de polvo flotan en el ambiente. Algunos escombros quedan atravesados en medio del camino. La familia, diligentemente, recoge las alfombras del salón y arrima los muebles de un  lugar a otro para abrirse paso en medio del piedrero. La doméstica, pronto, opta por renunciar y se marcha largo y lejos. Como padre responsable, tú sacas a tus hijos y los envías donde los abuelos o, mejor aún, a pasar una temporada en casa de una tía en Miami. Para entonces, tu morada en ruinas comienza a ser parte ya de una realidad cotidiana que termina por convertirse en el entorno habitual que domina tu vida, define el uso de tu tiempo y condiciona tu estado de ánimo. Como consecuencia del derrumbe, la luz eléctrica comienza a fallar. Al poco tiempo, se revientan las tuberías y falta el agua, pero tu cerebro aprende rápido a caminar entre obstáculos, bajo penumbras y acechanzas. De pronto comienzas a vivir para sortear las dificultades, las conversaciones con los vecinos giran en torno a la supervivencia en medio del caos y a la capacidad de adaptación del ser humano; el peligro pasa a formar parte de la escena de cada día. Con el tiempo, todos se convierten en especialistas de casos similares que se han visto en otros lugares a través de la historia; se comparan analogías y diferencias; hablan sobre lo insólito de la situación, cuánto peor puede ponerse y hasta cuándo podrá soportarse.

Venezuela atraviesa una de las peores crisis de su historia. Los hospitales no funcionan, las escuelas no enseñan, el hampa domina las calles. Campean el desempleo, la inflación y el desabastecimiento. De tanto repetirse, las frases comienzan a sonar a puro cliché, vacías, huecas, sin capacidad movilizadora. Sin embargo, una inmensa mayoría de venezolanos todavía percibe en las elecciones del 6-D la posibilidad de superar la situación y de evitar que el techo termine de derrumbarse; desea y tiene la esperanza de que a partir de allí comience un proceso de cambio y reconstrucción. No por un simple capricho, ni porque le disgusten los bigotes del presidente, sino porque la continuidad de este modelo revolucionario impide superar el caos, obstaculiza la desesperada necesidad de transformación, el angustioso deseo de vernos de otra manera, de  reencontrarnos con nosotros mismos, de recorrer un camino diferente al que venimos transitando, de evitar el colapso definitivo.

Hace pocos días, las autoridades del CNE se reunieron para anunciar la firma de un pacto que propone el partido del oficialismo. Un acuerdo que no ofrece la menor confianza a nadie. Varios magistrados del TSJ se apresuran a adelantar su jubilación antes de que se conforme una nueva Asamblea Nacional. A las jugadas se les ven las costuras por los cuatro costados, como si la gravedad de la situación pudiera salvarse con simples maniobras y movidas astutas.

La institucionalidad debe funcionar para destrancar la válvula de escape que representa el 6-D. Cada quien debe asumir su responsabilidad. Los partidos de oposición llaman a votar por plancha y tarjeta única. Con restricciones, pero sin ingenuidades, estructuran los equipos para defender el voto. Apuestan por la  vía democrática, como debe ser. Los ciudadanos acudiremos a las urnas. Eso es lo que nos corresponde. Solo queda esperar que la institucionalidad funcione, para que la casa en que todos vivimos no se nos caiga encima con todos adentro. ¿Habrá conciencia de lo que está en juego?

 

@martinezmottola