• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

Al instante

El veneno del populismo autoritario

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¡Qué lejanos lucen esos tiempos del férreo dominio populista y autoritario en gran parte nuestra región! Una tendencia político-económica que parecía irreversible. Que había resucitado con las adiciones o sustracciones del caso, y para quedarse. Pero eso era un espejismo, porque hay dos palabras muy antiguas, auge y caída, que son inseparables de la dinámica del poder. En todas partes, desde luego, pero muy especialmente en América Latina, tal y como la realidad lo está demostrando, una vez más.

Hace unos años, por ejemplo, Cristina Kirchner parecía la reina de Argentina; la heredera de una dinastía con pretensiones de  nunca acabar. Lula da Silva había logrado imponer a Dilma Rousseff como su sucesora en Brasilia, y el PT se preciaba de ser la representación partidista del Brasil. Evo Morales lucía imbatible, ante una oposición fragmentada; y los partidarios del oficialismo venezolano se lo pasaban coreando: “Hasta el dos mil siempre”... Otros gobernantes les hacían carantoñas, y la idea matriz de golpear el concepto de gobierno alternativo se les presentaba sumamente atractiva.

Es obvio, por tanto, que los tiempos han cambiado. Muchos poderosos de ayer están a un paso de condenas judiciales. Otros se mantienen en los palacios de gobierno, pero en condiciones precarias. En todo caso, el aura de invencibilidad que proyectaban se ha evaporado por causa de la crisis y en especial de la corrupción. Y es que se trataba de regímenes que querían quedarse en el poder lo más posible, por las malas o las peores, y eso les fue corrompiendo hasta los tuétanos. La figura nefasta de las varias reelecciones sucesivas y de su peor expresión, la reelección indefinida, son tan destructivas como la depredación masiva de los recursos nacionales.

Los tipos de gobierno mencionados, y otros de un tenor similar, tienden a concentrar demasiado poder, y eso amplía los márgenes para el abuso y el enriquecimiento ilícito. Se van consolidando los entornos de intereses y negociados –eso que en Venezuela se denomina “boliplutocracia”–, y entonces la gobernabilidad se corrompe y, a veces, se corrompe de una manera general. Eso se está viendo ahora, en vivo y directo, desde varios países en América Latina, donde el auge de muchos poderosos se está convirtiendo en caída libre.

Claro que hay diferencias entre los gobiernos populistas. No es lo mismo la discreta demagogia de la señora Bachellet, en Chile, que la vociferante irresponsabilidad del señor Maduro, en Venezuela. Sobre todo, la diferencia más importante entre los populismos es la relación del gobernante con las instituciones estatales y no gubernamentales. Si se las respeta, así sea a regañadientes, será un populismo moderado. Si se las combate será un populismo radical, vale decir, venenoso para la democracia.

En la América Latina del siglo XXI hemos tenido diversas formas de populismo. Tuvieron una etapa de auge y ahora se encuentran en una etapa de declive y, en casos importantes, de caída. Es la lección de la historia, que se repite y repite, hasta que los pueblos la asimilen. ¿La habrán asimilado de verdad, el conjunto de los latinoamericanos? ¿Verdaderamente se habrán dado cuenta de que el populismo autoritario es venenoso? Hay países donde ello resulta más claro que el nuestro. Por eso hay que empujar para abrir un camino plenamente constitucional que nos libere del veneno de este populismo autoritario.