• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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Los tiempos de la (mega)crisis

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La crisis, o más bien la megacrisis, que padece Venezuela tiene varios tiempos. El principal es el tiempo propiamente dicho de la megacrisis, o la urgencia que tiene el país de salir del abismo y evitar males todavía más gravosos. Pero los tiempos de la mayoría de las iniciativas políticas para enfrentar la situación no son, necesariamente, de plazo inmediato. Y me refiero, claro está, a las iniciativas constitucionales para el cese del desgobierno de Maduro, requisito indispensable para que pueda comenzar a superarse la megacrisis.

El proceso del referéndum revocatorio y el de una enmienda constitucional para acortar el mandato gubernativo pueden tomarse un período relativamente prolongado, al menos en relación con la avasallante realidad. Recordemos que la realización del revocatorio al predecesor se demoró más de un año desde que se podía activar, y cerca de 16 meses desde que se recogieron las primeras firmas. En cuanto a la enmienda, el tiempo podría ser mucho más corto, como en el caso de la enmienda para establecer la reelección indefinida, que no se llevó más de 3 meses.

Todo depende, sin duda, del ambiente de presión socio-política para encontrar una salida constitucional. Y ello es especialmente claro para la opción de la renuncia, de seguro la vía más expedita, siempre y cuando se ejerciera una fuerza popular que la hiciera efectiva. Las condiciones están dadas por la naturaleza y alcance de la megacrisis, pero falta orientar la voluntad política en esa dirección. En teoría, además, las referidas iniciativas constitucionales no son excluyentes. Aunque en la práctica varios caminos paralelos podrían fragmentar la opinión y los esfuerzos.

En lo que sí hay un consenso entre los factores de la oposición política y en la mayoría abrumadora de los venezolanos, es que el desgobierno de Maduro tiene que cesar, para que se abran las oportunidades de cambio sustancial en el marco de la Constitución de 1999. La cual, debe reiterarse, es amplia y flexible en esta delicada materia. El riesgo de los tiempos distintos es que la megacrisis precipite escenarios al margen o a contravía de la Constitución, que incluso podrían empeorar las cosas.

Y tal riesgo aumenta en la medida que la megacrisis azota más a la población, y en la medida que las llamadas fórmulas para el cese constitucional del desgobierno no se vean cercanas o se consideren erizadas de dificultades. Como se puede apreciar, es un asunto fácil de comprender pero difícil de llevar a la realidad de los hechos. Y estos se deterioran día a día, por lo que el tiempo apremia y no espera. La Asamblea Nacional tiene una responsabilidad evidente al respecto, y su jefatura luce dispuesta a entregarse a esta tarea.

No parece que haya una necesidad más importante que esta. Todo lo demás es secundario ante la exigencia del cambio de fondo. Todo lo demás, por cierto, sería ilusorio sin el ansiado cambio. Los tiempos de la crisis deben sincronizarse, y el tiempo marcador no es el de los esquemas sino el de la gravedad de la megacrisis.