• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

Al instante

No pido mucho, sólo un país normal

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Problemas los habrá siempre. Problemas graves, también. Idealizar un país sin grandes problemas es perder el tiempo. Pero eso es una cosa y otra es un país agobiado, despedazado, moribundo por una vorágine de viejos y nuevos problemas, muchos de los cuales han surgido de imposiciones desde el poder, extrañas a la manera de ser política de los venezolanos, y en especial a su cultura democrática.

Venezuela no tendría por qué estar padeciendo esta megacrisis, y no tendría por qué seguir padeciéndola. La alternativa no es un país de puras maravillas, que solo existe en la ideología, la ignorancia o el fanatismo. La alternativa posible, y también deseable, es la de un país normal, con un Estado de Derecho básico o funcional, con un gobierno que por ello mismo no puede hacer lo que le da la gana.

Con una economía en la que haya libertad de iniciativa y emprendimiento. Sin escasez generalizada ni colas para todo. Sin la carestía, la penuria y la explosión de violencia criminal que caracteriza a esta Venezuela. Una sociedad que valore la convivencia y la búsqueda de la seguridad, y sobre todo la lucha por la justicia, la igualdad, la superación de la pobreza, que se van alcanzando y manteniendo solo si el Estado, la economía y la sociedad se esfuerzan para combinar sus fuerzas y no para querellarse en nombre de falsas revoluciones, que, además, solo sirven de mampara para el despotismo y la depredación.

Un país normal que tenga una democracia con elecciones confiables. Con poderes públicos que no estén subordinados a un caudillo o a un “comando político-militar de la revolución”. Con gobernadores y alcaldes que tengan autonomía de acción. Una democracia en los términos de la Constitución de 1999, que sin duda necesita de algunas reformas para limitar los mandatos de los gobernantes y reconstruir la estructura institucional del Estado.

Un país normal en el que no se fomente el odio, la división y la polarización desde el poder establecido. En el que ese poder no promueva bandas armadas para intimidar y controlar a la población. En el que las Fuerzas Armadas cumplan su papel constitucional, y en el que el orden público y la seguridad ciudadana sean prioridades de las autoridades y la sociedad civil, sin importar la orientación partidista. En el que no haya perseguidos, presos y exiliados políticos.

Un país normal que estimule sistemas de educación pública y privada; que no los limite, acose o los trate de alinear a una partisanía político-ideológica. Que facilite la descentralización de los servicios de salud, de transporte público, de deporte, de vivienda, de programas y misiones sociales. Que aproveche a sus técnicos y expertos para concebir obras públicas grandes, medianas y pequeñas que mejoren la calidad de vida de las personas, las familias, las comunidades, la nación.

Un país normal, con una economía abierta, con interés de los inversionistas extranjeros en traer sus capitales, con leyes claras que no se puedan cambiar un día sí y otro también, con un diálogo permanente entre el Estado, los trabajadores, los empresarios y los consumidores. Con conflictos de muy variada índole, sin duda, pero con capacidad de manejarlos sin que termine imperando la violencia y la devastación de los derechos.

Un país normal con una industria petrolera y energética que no sea un botín sino una palanca de desarrollo. Manejada profesionalmente y no como una seccional de partido o tribu. Con un buen sistema de socios foráneos y con la posibilidad de una amplia participación de los venezolanos.

Un país normal donde no impere la censura ni la autocensura. Donde el periodismo independiente no sea una profesión de alto riesgo. Donde no haya una cultura oficial o canónica, y una marginalizada. Donde la promoción de la identidad venezolana, de verdad, sin caricaturas, sea la meta de la estrategia comunicacional, tecnológica y creativa del país.

Un país normal es un país sin ínfulas de potencia mundial o de salvar al planeta. Es un país que no le tiene piquiña a la globalización sino que la aprovecha para sus legítimos intereses. Es un país donde la gente no se quiere ir al exterior. Un país que le puede ofrecer un presente y un futuro humano, digno, a su población. Nada que ver con un país perfecto, que eso no existe ni existirá nunca. Pero tampoco que ver con un país que se cae a pedazos como esta, nuestra patria venerada.

Tener un país normal no es una esperanza extravagante. No es una aspiración anormal. No es pedir demasiado. Ni siquiera es pedir mucho. Es nuestro derecho. Y por lo tanto es nuestro deber luchar para alcanzarlo.

flegana@gmail.com