• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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Fernando Luis Egaña

Una palabra, varios significados

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La palabra “transición”, que según la primera entrada del Diccionario de la Real Academia Española, significa: “Acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”, se está poniendo de moda en lo que queda del debate político en Venezuela –que cada vez se estrecha más–. Se está hablando, por tanto, sobre una “transición política”. Pero me parece que hay varias maneras de entender el asunto de la transición. De hecho, hay interpretaciones completamente opuestas y hasta contradictorias de lo que debería ser una transición política en Venezuela.

Para densos sectores del espectro opositor, transición debería ser el proceso que lleve al país de la hegemonía despótica a la democracia constitucional. Y es una manera acertada de apreciar la transición que se necesita en Venezuela para salir de la postración económico-social y del despotismo depredador que está literalmente acabando con las oportunidades de la nación. Una transición así entendida supone la apertura de una nueva etapa política, su legitimación electoral, y la plena aplicación del sistema constitucional venezolano.

Para el señor Maduro y su entorno de poder, transición significa, formalmente: “transición al socialismo”, es decir, no significa nada distinto de lo que hay, es decir, significa despotismo y depredación, que, no nos confundamos, eso es lo que hay, y nada distinto podrá haber con Maduro y su entorno de poder. En suma, como suele pasar a menudo en la retórica oficialista, se tuercen las palabras de tal manera que terminan significando lo contrario de su sentido verdadero. En este caso, nada de pasar a algo distinto. Puro continuismo, pero empapelado de “transición”.

Y para los rivales internos o endógenos de Maduro –que los hay políticos y militares, la transición política quiere decir que se vaya Maduro y se queden ellos, o, en última instancia, que se quede Maduro como una simple marioneta de ellos. Transición es, pues, continuismo con algunos afeites y algunos cambios en la titularidad de algunos cargos, incluyendo los miraflorinos. Pero en materia de despotismo y depredación, todo permanecería en su lugar, y si acaso más intensificado.

Como se podrá apreciar, la palabra o el concepto de transición generan interpretaciones que nada tienen que ver entre sí. Pero transición, lo que se llama transición, supone, necesariamente, cambios de sustancia, cambios de fondo, que permitan una realidad distinta; y además cambios en una dirección de democracia y amplitud que permitan una realidad mejor. Pero ese tipo de transición no está en las entendederas de los jefes del poder establecido.

Esas entendederas están repletas de voracidad dineraria, de ambición de privilegios, de venganza represiva, de complejos de inferioridad, de terror a una justicia recta e imparcial. Y están desaforados en la embestida contra la oposición, la detención del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, y las amenazas y acciones contra tantos más. Sí, la palabra “transición” significa muchas cosas para mucha gente. Pero su significado afirmativo y esperanzador está en la transición de una hegemonía despótica a una democracia constitucional. Esa es la transición por la que tenemos que luchar.