• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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Fernando Luis Egaña

Un país en guerra

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De muchas maneras, Venezuela es un país que sufre los efectos de una guerra. Más de 25.000 homicidios al año es un signo evidente al respecto. El que nuestra sociedad se haya transmutado en una de las más violentas del mundo lo confirma. Las naciones que padecen los desastres de la guerra suelen tener economías derruidas, de diseminada escasez, sin confianza productiva, y plagadas de corrupción. Tal es el caso de la economía venezolana.

Una característica esencial de la guerra es la militarización. Y Venezuela, en diversos aspectos, es un país militarizado. Hay militares en todas partes. Desde los más altos cargos del Estado y la administración pública, hasta en el monitoreo de las ubicuas colas de los consumidores. Salvo en situaciones de guerra, eso no suele ocurrir en ningún país democrático de América Latina, comenzando por el nuestro, cuando contaba con un sistema de democracia pluralista.

Otro factor típico de las naciones agobiadas por la guerra es la violencia. Y la violencia se manifiesta con todo su horror en la vida ordinaria de los venezolanos. Comenzando por la violencia criminal, la que mata, hiere y aterroriza a las personas, familias y comunidades. Y terminando por la violencia estatal, que se concreta en el proceder despótico, arbitrario y supremacista del poder, sin consideración verdadera por los derechos democráticos del pueblo.

Los países que son víctimas de la guerra tienen suspendidas sus garantías de derechos humanos. Sea de forma oficial o de hecho. Lo segundo es el caso de Venezuela. Todos los derechos y garantías reconocidos en la Constitución, los acuerdos internacionales y las leyes internas están en situación condicional. Si el poder decide asaltarlos, lo hace con total impunidad. La indefensión es general. Como pasa en la guerra.

Pero un momentico... ¿Cuál es la guerra que afecta a Venezuela? No es una guerra que proviene de una agresión externa, de índole militar o político-militar. Puede que la propaganda oficialista no se canse de reiterar que Venezuela es atacada por guerras económicas, mediáticas, cibernéticas, bacteriológicas, imperiales, y pare usted de contar. Pero eso es propaganda. Y cada vez menos convincente, por cierto.

Tampoco es una guerra civil, propiamente dicha, porque ello supondría un conflicto armado entre dos parcialidades. Y eso no acontece en Venezuela. La posesión del poder de fuego está en manos del poder establecido, tanto en su estructura militar y policial como en sus ramificaciones paramilitares y parapoliciales o los llamados colectivos armados. La oposición es una realidad cívica y socio-política. Luego no hay guerra civil.

¿Y entonces, cuál es la guerra? Pues la guerra de la hegemonía roja en contra de la nación venezolana. Una guerra que se fundamenta es el continuismo despótico y depredador de aquella, con prescindencia de la voluntad y los derechos de esta. El objetivo principal, o prácticamente único de la hegemonía, es permanecer en el mando, entendido como despotismo y depredación. Para ello, todo vale. Todo. Incluyendo la guerra al conjunto de los venezolanos.

Si la violencia, la penuria, la destrucción económica, la abolición de los derechos, el asalto del poder, la militarización a la mala y la imposición despótica son elementos notorios de la situación nacional en los países que sufren la tragedia de la guerra, entonces es inescapable que Venezuela se encuentra en guerra. Y en una de sus peores formas: la guerra de una hegemonía destructiva en contra de la nación democrática.