• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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La neodictadura atrincherada

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Una neodictadura, o una dictadura del siglo XXI, es una dictadura con disfraces de democracia, con una cierta fachada de democracia. Es un despotismo porque hace lo que le da la gana, pero se las arregla para disimular el ejercicio despótico del poder con un ropaje de leguleyería seudo-democrática. Eso fue lo que el predecesor y los hermanos Castro Ruz fueron poco a poco montando en el país, hasta erigir una “jaula institucional” para tratar de garantizar su continuismo despótico y depredador.

Uno de los aspectos centrales de la neo-dictadura es que permite algunos espacios de relativa autonomía en lo político, económico y social, siempre y cuando ello no ponga en riesgo lo más importante, es decir, la continuidad de la neodictadura. En las recientes votaciones parlamentarias del 6-D la maqueta del modelo se alteró considerablemente, porque el descontento y el rechazo popular son tan masivos que produjeron unos resultados francamente adversos a la hegemonía, a pesar de todas las previsiones adoptadas para que esto no ocurriese tan bruscamente.  De allí una Asamblea Nacional con súper-mayoría de la oposición democrática.

Ante tal situación la neodictadura se encuentra en un dilema, o acepta la nueva configuración del poder que supondría la Asamblea y por tanto tiene que compartir el poder, y por tanto tendría que ir dejando de ser una neo-dictadura; o trata de aplastar a la nueva Asamblea, con lo cual se puede derrumbar de manera definitiva la fachada democrática de la neo-dictadura, y ésta pasaría a ser percibida como una dictadura sin prefijos. Una situación todavía más impresentable que la actual. Hasta al sinuoso Ernesto Samper le costaría encontrar argumentos para abogar por el régimen de Maduro.

El dilema está planteado desde el 6-D y se ha venido agudizando a partir del 5-E. Algunos consideran que, retórica incendiaria aparte, la hegemonía roja se amoldará a la nueva correlación política del pueblo venezolano, y buscara sobrevivir en una especie de accidentada cohabitación con la Asamblea. Se asentaría una puja permanente de poderes, con victorias y reveses para ambas partes, y de esa manera irá transcurriendo el tiempo sin que las confrontaciones se conviertan en terminales, bien para la hegemonía o para la Asamblea democrática.

Pienso que ello sería harto difícil de suceder, porque el ejercicio de las facultades constitucionales de la Asamblea, en especial las de control gubernativo y administrativo, son incompatibles con un Estado regentado, en gran parte, por la delincuencia organizada, inclusive en sus expresiones más extremas como el narcotráfico internacional. En estos casos, todo control es inculpante y hasta políticamente condenatorio. Además, el mandato social para la Asamblea no es la elaboración de una agenda técnico-legal de corto plazo, sino el impulso de cambios políticos de profundo alcance, y eso pasa, necesariamente, por la reivindicación de la Constitución, vale decir por la superación de la hegemonía.

Por eso la neodictadura está atrincherada. Haciendo y deshaciendo para intentar fortificar sus posiciones. Y no escatima nada, incluyendo la apelación delirante a la figura del predecesor, con una campaña de distorsiones que dejaría pasmado al mismísimo José Goebbels. No obstante, nada de eso cambia la dinámica trágica del día a día del pueblo venezolano: inflación desbocada, escasez creciente, inseguridad rampante, penurias continuas y agravadas que colocan a la nación en los terrenos de la crisis humanitaria. Eso no cambiará empapelando al país con afiches del predecesor. Ni mucho menos con el gabinete recién nombrado o maquillado. Al contrario.

La hegemonía se resiste a que se modifique la configuración del poder, esto es la neodictadura o la dictadura del siglo XXI, la de ropaje o fachada democrática. Pero la abrumadora mayoría de los venezolanos sí quiere que eso cambie. Sí quiere que haya una democracia de diálogo y respeto. Sí quiere que haya participación plural para enfrentar la mega-crisis. Sí quiere que Venezuela sea un país normal, donde se pueda vivir sin la zozobra del presente y se pueda esperar el futuro con buena voluntad. Todo eso lo quiere el conjunto de los venezolanos. El 6-D lo confirmó. Y tienen razón. Es su derecho. Por eso cabe preguntarse quién puede más, ¿o la neo-dictadura atrincherada o la aspiración de cambio de la población venezolana? La respuesta está en que prevalezca la nación.

flegana@gmail.com