• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

Al instante

Fernando Luis Egaña

Las largas colas del país-potencia

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En la Venezuela de la llamada “revolución bolivarista” hay colas para todo. Incluso hay colas para hacer colas. Si una persona quiere adquirir alimentos para su familia, larga cola. Medicinas, larga cola. Productos de aseo personal o limpieza, larga cola. Repuestos de cualquier tipo, larga cola. Colas mañana, tarde y noche. Un país en cola, las 24 horas del día. Y esas colas no son garantía de nada, porque es muy probable que al final de la cola no se consiga lo que se buscaba. Lo que supone una nueva cola, y otra y otra...

En épocas diferentes, ese tipo de colas solo se solían producir en las fechas electorales, porque no había suficientes mesas para la cantidad de electores. Y quizá en alguna situación particular o excepcional. Me refiero, claro está, a largas colas de largas horas. Pero en tiempos de “revolución”, y sobre todo en el presente, las colas son el signo característico del drama venezolano. De la megacrisis que agobia al país.

Para empezar, las colas son la expresión directa de la escasez. Cuando falta lo necesario para subsistir, hay escasez. Y cuando hay escasez, hay colas. En Venezuela hay escasez de casi todo, en especial de lo necesario para la subsistencia básica de la familia venezolana. La escasez como fenómeno grave empezó en 2008, pero ahora es una realidad tan notoria, tan opresiva, que es, en suma, la realidad de nuestro país.

Esa poquedad y esa mengua de la vida diaria no es consecuencia de una conspiración externa o de una guerra económica del imperialismo, como plantea la propaganda oficial. No. Es consecuencia de una catástrofe económica y social, por la ruina de la producción interna, por la dependencia absoluta de las importaciones, por el asalto continuado a los recursos fiscales, y por la incapacidad agravada del Estado de hacerle frente a la situación.

Cierto que esa catástrofe se ha puesto de manifiesto por la disminución de los precios petroleros en el mercado internacional. Pero su origen no está allí, sino está en la irresponsabilidad y demagogia de la hegemonía despótica y depredadora que ha venido imperando en Venezuela a lo largo del siglo XXI. En tiempos de gran bonanza petrolera, la incubación de la catástrofe no se sentía tanto o incluso no se percibía en lo absoluto, pero ya la megacrisis no se puede ocultar. No se puede.

Todos los males que venían de atrás, se han exacerbado. Todos, sin excepción. Y todos los activos se han dilapidado, incluso con jactancia y falseamiento descarado de la historia venezolana. Y encima, hay un aparatoso repertorio de males nuevos, de males “revolucionarios”, que ensanchan y profundizan la megacrisis, la catástrofe, la tragedia que acogota al conjunto de la nación.

La respuesta visible del desgobierno de Maduro en salir al exterior a pedir prestado, probable o seguramente a precios de usura. La ironía es cruel. De la bonanza petrolera más caudalosa y prolongada de la historia, Venezuela ha quedado tan pero tan en la ruina, que el quince y último depende de la paciencia de los chinos y de la interesada compasión del emir de Qatar. Y no son especulaciones, sino conclusiones derivadas de las propias declaraciones del señor Maduro.

Toda aquella retórica pomposa de la “década de oro”, o del “país-potencia”, no fue más que pura ilusión o manipulación. Los hechos son tercos, decía Lenin, y los hechos de esta Venezuela son la catástrofe, la masiva escasez, las largas colas. Tal realidad tiene que ser superada, tiene que ser transformada. Venezuela tiene que salir adelante para que los venezolanos tengan un futuro digno. Las colas del “país-potencia” no pueden ser ese futuro.