• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

Al instante

La encrucijada venezolana

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Demos una mirada rápida a la situación: la hegemonía está cerrando parte de las fronteras y anunciado más cierres, está decretando estados de excepción en determinados territorios y anunciando la probable ampliación de los mismos, está suspendiendo “de derecho” las garantías constitucionales que ya de hecho estaban suspendidas, está paralizada ante el caos económico, la creciente escasez, la inflación sin control, y la desconfianza rampante; está muy activa depredando los recursos disponibles o, como sostiene el ex ministro Giordani, raspando la olla; está ejerciendo un poder cada vez más despótico y represivo, amparando grupos violentos para intimidar y contener a la población. La hegemonía, pues, está sumiendo a Venezuela en una megacrisis que se profundiza y extiende, y solo le importa mantener el continuismo de su poder, sin ninguna consideración o escrúpulo por los derechos humanos del pueblo de Venezuela.

Y todo esto supone que nuestro país entre en terrenos de crisis humanitaria. ¿Se trata de una situación sin remedio? Desde luego que no. Primero porque no hay situaciones sin remedio en la trayectoria histórica de las naciones. Las cosas pueden empeorar, ciertamente, pero también pueden abrirse caminos para superar las condiciones más adversas de la megacrisis. La historia nos lo enseña, comenzando por la historia de Venezuela. Así mismo, hay enfrente unas votaciones parlamentarias que no pueden desaprovecharse como medio de movilización y denuncia popular, así se esté perfectamente claro sobre la capacidad de manipulación que tiene la hegemonía en relación con la temática electoral. El resultado de esas votaciones puede influir en la posibilidad de impulsar un cambio político sustancial. Y hay que luchar para que ello sea así.

En una perspectiva más amplia, la gran mayoría de los venezolanos reconoce que el país esta mal o muy mal, y que va hacia peor. Le adjudica la responsabilidad central de ello a Maduro y su (des)gobierno. Y expresa una desconfianza intensa en que desde la actual configuración del poder se pueda salir o siquiera aliviar la muy crítica situación. Todo lo cual significa que de una opinión negativa se está pasando a una actitud negativa. Ya no solo es la crítica puntual o específica, sino la percepción general de que Maduro y lo que él representa no pueden con lo que tienen entre manos, y más bien están empeorándolo todo con su cerrazón y su arbitrariedad. Las llamadas conexiones emocionales con el supuesto “proceso revolucionario” se están difuminando ante la constatación de la dramática realidad.

Y de esa difuminación hay que pasar al surgimiento de una nueva esperanza, so pena de que el conjunto de los venezolanos quede en una especie de orfandad política de peligrosas consecuencias. Esa esperanza para que sea verdadera, tiene que estar fundada en la aspiración de reconstruir la democracia, la república, la convivencia social, la paz, y la posibilidad de que Venezuela le ofrezca una vida digna y humana a su población. Si esa esperanza verdadera no llegara a surgir con intensidad, en su lugar podrían asentarse otros tipos de despotismos, acaso de signo y vocería distinta a los del presente, pero con orientaciones tan o más ominosas.

Sí, de muchas maneras estamos llegando a una encrucijada. Lo que se tiene no debe continuar porque ello implicaría una destrucción aún más devastadora de Venezuela. Lo que se debería tener, una alternativa sólida que permita sostener una esperanza democrática, todavía se encuentra en formación y esperemos que se vaya acuerpando para que el país se motive en sentido afirmativo. Y hay otros caminos que se pueden cruzar y que nos llevarían a tiempos sumamente perjudiciales. De esa encrucijada podemos salir bien o podemos salir bastante mal. Es una responsabilidad a la que no le queda grande la palabra “histórica”. Tenemos la oportunidad de acertar. Sepamos aprovecharla.

 

flegana@gmail.com