• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

Al instante

La destrucción de un país

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Hay que insistir en ello. El signo distintivo de la llamada “revolución” es la destrucción. Es decir, deshacer, arruinar o asolar, como señala el diccionario. La razón es trágicamente simple: este régimen o hegemonía política no crea valor, no crea patrimonio, no crea riqueza, no crea nada afirmativo y sólido. Lo que hace es aprovechar lo que encuentra, disfrazar las cosas para que parezcan nuevas, y luego depredar todos los recursos, a veces poco o poco, otras veces con la violencia de una jauría. Todo esto es lo que explica que Venezuela se encuentre en la ruina económico-social y la ruindad ético-política, luego de la bonanza petrolera más larga y caudalosa de la historia. No hay otra.

El drama de la destrucción de Venezuela no puede verse como un tema a ser examinado para encontrar una mejor comprensión del fenómeno. No. Tiene que verse como una realidad que debe ser enfrentada y superada. En otras palabras, no es un asunto académico sino político. La gran mayoría de la nación está padeciendo los efectos del proceso destructor, y ya se encuentra situada en los terrenos de una crisis humanitaria. Si eso no supone una urgencia política para encontrar caminos de superación, nada lo podría suponer. Hace ya algún tiempo, Luis Ugalde utilizó la imagen de un paciente de extrema gravedad que requería de una operación inmediata, a fin de significar la situación del país. Si esa imagen era válida entonces, ahora lo es con mucha mayor intensidad.

La intensidad de la escasez creciente de alimentos y medicinas básicas. La intensidad de una economía asfixiada y caótica. La intensidad del hampa desbordada y cada vez con mayor control efectivo de territorio urbano y rural. La intensidad de una hegemonía despótica y depredadora, que suscita un inmenso rechazo en gran parte de la población venezolana, pero que se conduce con la soberbia y el supremacismo de quienes conciben el poder como un derecho adquirido y perpetuo. La intensidad de una calamidad tan profunda y extendida, que no admite más dilaciones en cuanto a la transición constitucional que abra oportunidades para que Venezuela se vaya levantando de la postración.

Maduro y sus colaboradores y patrocinantes, solo piensan en el continuismo, o sea, en el latrocinio y la impunidad, así tengan que llevarse por delante lo que sea y a quien sea. Así fue con el predecesor, solo que una cosa es el despotismo depredador con 80, 100 o 120 dólares el barril, y otra con precios reducidos. En el primer caso, la megacrisis puede encubrirse e incluso proyectarse como una ilusión de bienestar. En el segundo caso, esa manipulación no funciona. Por eso hay que estar prevenidos ante los que buscan relativizar la gravedad del presente venezolano, tanto los de buena, y errada, fe, como los que quieren ganar tiempo para que la hegemonía siga haciendo de las suyas.

La destrucción de un país no se puede apreciar con neutralidad o con equilibrismos. De hecho, esa destrucción ha sido potenciada por ese tipo de actitudes. Venezuela no está condenada a ser destruida de manera irreversible. Ningún país lo está, y menos el nuestro, cuyo potencial humano y material es reconocido. Pero la destrucción tiene que detenerse. Hay que abrir una nueva etapa. Y hacerlo mediante las disposiciones establecidas y contenidas en la Constitución, que son muy amplias al respecto, para que la nueva etapa signifique un cambio constructivo.