• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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Fernando Luis Egaña

No hay derecho...

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No hay derecho a que una manifestación estudiantil en el propio Día de la Juventud sea violentada de manera tan flagrante y alevosa. Y si bien ello no es nuevo en el reino de la hegemonía, llama la atención la vehemencia de la arremetida y la utilización descarada de las bandas colectivas para el trabajo más sucio de la represión.

A Maduro y su entorno lo intranquiliza la protesta social. Y no solo porque la calamitosa realidad cotidiana de los venezolanos le da justicia y legitimidad a la protesta, sino porque sus adversarios internos, endógenos u oficialistas andan buscando motivos para condicionar su poder y hasta su viabilidad. Acaso eso sea lo que más se tema en Miraflores y La Habana.

Y las víctimas de todo ello son los venezolanos de buena fe, que salen a marchar en ejercicio de sus derechos, y que son reprimidos salvajemente como si se tratara de criminales. Y para añadir insulto a la herida, mucho de los agresores son precisamente eso: criminales que operan en bandas oficiosas al servicio de la llamada “revolución”. No hay derecho.

Como tampoco lo hay que ciudadanos honorables y de reconocida trayectoria cívica estén siendo perseguidos por los organismos estatales, acusados de cuanta teoría conspirativa aparezca en las entendederas de algunos jerarcas rojos. No se sabe a ciencia cierta si hay conspiraciones en marcha, pero al decir de Maduro y Cabello estas fumean por los cuarteles y no por los comités de la MUD.

Y tampoco hay derecho a la imposición de la censura abierta a los medios radio-televisivos, con ocasión de las protestas de estos días. Como si la autocensura instigada por la hegemonía comunicacional no fuera suficiente, ahora se pasa a una etapa menos encubierta y más drástica. Y a los responsables no les importa que les llamen dictadores, según reconoce Nicolás Maduro.

No hay derecho a que la cultura democrática de la nación, que tanto esfuerzo ha costado forjar, esté siendo vapuleada con tanta saña por parte de un Estado que se proclama democrático, pero que opera cada vez con más despotismo y con menos disimulo.

No hay derecho a que el presente venezolano sea también nuestro futuro. No hay derecho, sobre todo, para los más jóvenes. Para los venezolanos que quieren laborar y progresar en paz. Para el pueblo trabajador que busca nuevas oportunidades de superación y no las encuentra por ninguna parte. No hay derecho.