• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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Fernando Luis Egaña

Violencia y control político

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Una de las consecuencias más evidentes de la violencia desbordada es la intimidación colectiva. Y no es para que nadie se sorprenda, porque la explosión continuada de criminalidad que padece el país tiene consecuencias directas en la limitación severa de las libertades y en el deterioro de la convivencia social.

Del atardecer al amanecer, las ciudades venezolanas parecen que estuvieran en toque de queda, y la mayoría de la gente lo que quiere es llegar rápido a sus hogares para evitar ser víctima del hampa. Hasta se podría hablar de una paranoia generalizada que nos agobia la existencia cotidiana.

Esa realidad no conoce de fronteras políticas o de niveles económicos. El conjunto del país tiene un temor más que justificado por la inseguridad y lo expresa con conductas correspondientes. Y esa especie de desmovilización no es una mala noticia para el poder establecido.

De hecho, funciona como una forma de control social y, por ende, político. Sobre todo en una sociedad tan golpeada por la escasez, la carestía y la penuria cotidiana. Factores que de ordinario más bien impulsarían la reconocida cultura de la protesta ciudadana que, en estos tiempos, no ha sido muy intensa que digamos.

Cierto que hay muchos conflictos y manifestaciones de carácter laboral, en particular en la esfera administrativa y empresarial del Estado, pero eso es una cosa y otra la vehemencia y extensión de la cultura de la protesta de inspiración cívica de otras épocas. Y no tan lejanas. Es más, en la actualidad es la propia hampa, o sus sucedáneos, una fuente de protesta ante la actuación de las autoridades. Caso Ocumare y tantos otros. El mundo al revés.

De allí que la violencia criminal esté engranada con el proyecto de dominación que tiene enjaulada a Venezuela. Esa hegemonía en sí misma produce violencia porque, de muchas maneras, la encarna, la simboliza y la despliega. En la retórica, en el proceder, en el atropello, en la mandonería.

Pero además se aprovecha de ella. Porque la violencia atemoriza y una población atemorizada es más fácil de dominar. Estos son hechos, no elucubraciones. Otra cosa es la presencia o no de una estrategia deliberada al respecto. Los jerarcas de la hegemonía lo negarán con su acostumbrada técnica de inculpar a los adversarios. Pero esas especies cada día convencen menos.

Lo que sí convence más sobre el desamparo en que se encuentran los venezolanos en materia de inseguridad es la cifra de casi 25.000 homicidios en el año 2013. Y el desamparo puede conducir a la rebeldía pero también puede favorecer al temor y la parálisis. Por eso lo violencia funciona, muchas veces, como mecanismo de control político.