• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

Al instante

Venezuela y Somalia

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Somalia es el país más caótico del mundo. De hecho, ya no es un país propiamente dicho sino una vasta región del “cuerno de África”, de cara al océano Índico, devastada por la anarquía, los conflictos políticos, la violencia endémica, la obliteración económica y el dominio brutal de grupos delincuenciales, incluyendo la piratería y el narcotráfico. Venezuela, desde luego, no es Somalia, pero llama la atención que el exministro de Cordiplan, Felipe Pérez Martí, según reporta Tal Cual, haya recientemente expresado que: “O corrigen la política económica, cosa que dudo, o Venezuela se dirige hacia una somalización”...

¿Y qué se entiende por somalización? En general se entiende la destrucción del orden jurídico de un Estado, la fragmentación anárquica de la autoridad, y el abandono de los derechos humanos a manos de grupos o bandas rivales que luchan por el poder. Repito, Venezuela no es Somalia. Pero hace unos cuantos años el tema comparativo ni siquiera se podía concebir, y en el presente se plantea como un proceso que estaría en marcha o que, en el mejor de los casos, podría estarlo.

Se dirá que lo de la “somalización” es una exageración pedagógica, pero la situación de sálvese quien pueda de, por ejemplo, la península de Paria, o del norte del estado Guárico, o de extensas zonas fronterizas con Colombia, o de algunas parroquias caraqueñas, o de periferias urbanas de Maracay, Valencia y otras ciudades, manifiestan una realidad de violencia, desamparo institucional y empoderamiento de la criminalidad organizada que son propias de los Estados fallidos, o aquellos incapaces de preservar un orden legítimo y asegurar las garantías de convivencia social.

En Venezuela, la explosión continuada de violencia criminal no es un hecho aislado sino que forma parte de una crisis tan profunda y generalizada que bien debe denominarse “megacrisis”. Algunos analistas la consideran la crisis más peligrosa de toda nuestra historia, y aunque tal consideración no está exenta de discusión, la peligrosidad del despeñadero venezolano es cada vez más notoria. En lo económico, en lo social, en lo político, y sobre todo en el agudo menoscabo de todos los derechos humanos. De todos, sin excepción. Agréguese a ello, las pugnas mafiosas en los centros del poder establecido, el afán de control desde La Habana y la despiadada depredación de los recursos nacionales, y lo que tenemos es un panorama nada alentador.

Una de las tendencias afirmativas del siglo XX venezolano fue el esfuerzo colectivo por la institucionalización nacional. Incluyendo la transformación del poder despótico en un poder institucionalizado. Una tendencia que se llevó adelante con altos y bajos, con muchas dificultades y con balance de activos y pasivos. Pero el XXI, ha sido una época de des-institucionalización nacional. La contracorriente, la contramarcha, la contrahistoria. Mientras aumentaba el vendaval de petrodólares, ello no se notaba tanto, pero ya es imposible seguir ignorando la grave realidad. No, Venezuela no es Somalia, pero se está somalizando.

 

flegana@gmail.com