• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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Fernando Luis Egaña

Maduro y las tres lógicas

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Después de la lamentable y lastimera intervención de Maduro en la supuesta presentación de la “memoria y cuenta”, en la que además de repetir los embustes, los insultos y las consignas consabidas, lo más original parece que fue el “Dios proveerá”, después de ello, repito, lo único que queda es confirmar cuál es la lógica en la que se mueve Maduro y la hegemonía que él representa.

No es la lógica de la democracia o del desarrollo democrático. Tampoco es, en sustancia aunque sí en retórica, la lógica de la revolución o la transformación revolucionaria. Es la lógica de la depredación, del asalto violento de los recursos, de la exacción devastadora, de la tierra arrasada mientras se pueda. Esa es la lógica que explica lo que pasa y lo que no pasa. Es la lógica del poder que impera en Venezuela.

Durante largas décadas, sobre todo de 1936 en adelante, se fue imponiendo entre nosotros la lógica del desarrollo y de la democracia, como fines y como medios de la acción pública. Con vaivenes y altibajos. Con períodos de avance y retroceso, incluyendo el hiato dictatorial. Con épocas diáfanas y épocas opacas. Con acentos sociales o liberales. Con más o menos intervención estatal. Con prudencia y con escasez de criterio.

Pero la esencia de la lógica era fomentar un desarrollo amplio, integral, que procurara establecer, al menos, el núcleo de un estado social de derecho, y que reconociese y asegurase las libertades para el conjunto de los venezolanos. El balance de esa lógica llevada a la experiencia histórica, está por establecerse. De seguro que estará menos en los extremos de la apología o de la negación, pero lo que sí no admite duda razonable, es que Maduro y los suyos no discurren ni proceden en las coordenadas de esta lógica del desarrollo democrático.

En apariencia, luce como si pertenecieran a la lógica de una revolución, del empuje de una causa revolucionaria, en especial una causa de clase según la dinámica marxista. Y digo “en apariencia”, porque los discursos del sucesor, así como también los del predecesor, están repletos de referencias ideológicas de este tipo, y sería injusto desconocer que diversas ejecutorias también se han inspirado en criterios de hegemonía marxista. Pero la trágica realidad que padece el país, no es tanto una consecuencia de pretensiones revolucionarias, así sean mal entendidas y peor aplicadas. No. Es consecuencia, sobre todo, de otra cosa. De una cosa mucho peor. Mucho más siniestra. De otra lógica. La lógica de la depredación.

Para comenzar, la casta dirigente de la hegemonía, la nomenklatura, no es de identidad revolucionaria-proletaria, sino plutocrática-financiera. Por ende, su interés central es el acrecentamiento de las fortunas, de los patrimonios surgidos de la mega-corrupción. Si es cierto que el monto de lo depredado asciende a 250 mil millones de dólares, según las denuncias que provienen de sectores radicales del chavismo, entonces la nomenklatura y su sistema satelital o boliburgués, no puede tener tiempo ni energía para otro asunto que no sea manejar semejante masa dineraria.

Y si se le aplicara a la cifra, la vieja conseja de la mitad de la mitad, pues su manejo exigiría, igualmente, dedicación absoluta. Y en eso andan, básicamente. Es la lógica del cartel. La lógica de la delincuencia organizada. La lógica que explica un dólar a 6,30; o la que explica el pago y el vuelto con la deuda pública; o la que explica el vandalismo presupuestario y los fondos para-fiscales; o la que explica que haya una brutal y creciente escasez de comida, medicinas, repuestos, y pare usted de contar, luego del equivalente de 1.500 millardos de dólares en ingresos fiscales en los tiempos de la hegemonía roja.

La que explica, así mismo, el inmovilismo y el temor a cualquier tipo de medidas que supongan algo de competencia, o de apertura, o de escrutinio. La lógica de la depredación apura sus afanes porque la mega-crisis pica y se extiende. Es una lógica implacable en contra de Venezuela y su población. Una lógica que sólo favorece la voracidad plutocrática, la de los clanes, claques, tribus y circuitos familiares de la nomenklatura. Una lógica radicalmente incompatible con el progreso de nuestra nación.