• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

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Maduro y la implosión social

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Implosión y explosión son fenómenos distintos. Lo primero significa romperse hacia dentro, desgarrarse de raíz; lo segundo es una rotura violenta hacia fuera, también destructiva de la realidad previamente contenida. El tema es pertinente por el llamado de Maduro a impulsar un “estallido social”, es decir, una explosión socio-política, en el caso de que la oposición gane las votaciones parlamentarias.

No se sabe la verdadera disposición de esas amenazas que, por lo demás, no son nuevas en la retórica oficialista de carácter precomicial, tanto con el predecesor como con el sucesor. Amenazas que en sí mismas, desde luego, son una violación brutal a gran parte de los derechos y garantías consagrados en el pergamino de la Constitución. Pero lo que sí se debería saber es que Venezuela ya padece un proceso de implosión, de romperse hacia dentro y de raíz, en lo económico, lo social, lo político.

Las explosiones suelen ser más notorias que las implosiones, al menos en el dominio de las crisis nacionales. Aquellas pueden ser súbitas, impetuosas, avasallantes, de una violencia incontenible, imposibles de no ser reconocidas de inmediato, y de infundir un terror generalizado en la población. Estas pueden ser progresivas, paso a paso, con resultados igualmente desastrosos pero acaso más distanciados en el tiempo. En ese caso, la implosión de un país puede darse sin que una parte del país se dé cuenta. Y ese es el caso de Venezuela bajo el dominio de la hegemonía que la despotiza y depreda.

Por ejemplo, en estos días unos expertos señalaron que los niveles de pobreza del presente son iguales a los de 1999, cuando el predecesor empezó su primer gobierno. El señalamiento, obviamente, es una crítica al desempeño gubernativo de estos largos años que malbarataron la oportunidad histórica de la gran bonanza petrolera del siglo XXI. Algunos dirigentes políticos de oposición se hicieron eco de lo señalado por los expertos. Pero el referido señalamiento no refleja la realidad en su dimensión más dramática: la dimensión de la implosión.

¿Por qué? Pues porque lo importante no es solo el dato estadístico de 42% de pobreza –medida por ingresos–, o de 21% de pobreza –medida por necesidades básicas insatisfechas–, que registraba la información oficial y confiable de entonces. También es esencial que entonces la violencia en Venezuela era una fracción de la que es ahora, y que no había la estrechez brutal de la escasez, el desabastecimiento y la carestía incontrolable.

En 1999, Venezuela era un país en crisis, no hay duda de ello –el precio mundial del petróleo no superaba los 10 dólares– pero tenía abiertas las posibilidades para superarla. En 2015, Venezuela es un país implosionado, roto por dentro, desgarrado de raíz, o qué otra cosa se puede afirmar de un país que pasa de 4.500 muertes violentas a más de 25.000, o de un país plenamente abastecido a uno con tan gravosas carencias de alimentos y medicinas que ya entra en los terrenos de la crisis humanitaria.

No. La pobreza de hoy no es igual a la pobreza de entonces. Es mucho, pero mucho peor, porque es una pobreza con la violencia multiplicada y con  escasez material de todo. Es la pobreza de un país en implosión. Y esta consideración referida a la pobreza es aplicable a cualquier otra categoría o renglón de la vida venezolana. No se puede entender la Venezuela del presente a través de comparaciones descontextualizadas con la Venezuela del pasado. Y ese contexto central es la implosión política, económica y social que ha padecido el país en los tiempos de la llamada “revolución”.

¿Vendrá una explosión social, por sí misma o agitada por la hegemonía como concreción de las amenazas de Maduro y los suyos? Cualquier respuesta pertenecería al campo de las elucubraciones. Pero al campo de los hechos y evidencias pertenece la implosión continuada que ha venido destruyendo a nuestro país. Y todo esto hay que decirlo y repetirlo –aun a costa de incurrir en “negatividad”– porque la esperanza no se construye negando la realidad, sino aceptándola para poder cambiarla.

 

flegana@gmail.com