• Caracas (Venezuela)

Fernando Luis Egaña

Al instante

Cambios abajo y cambios arriba

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De un lado tenemos la base social, el conjunto de la población, el fundamento de la nación; y del otro, tenemos el poder establecido, la jefatura político-militar de ese poder, y su manera de concebir su control y ejercerlo. En el primer dominio se han venido produciendo cambios importantes que se están acentuando. En el segundo, no. Y no en absoluto. Hasta ahora la configuración del poder permanece impermeable, refractaria, aislada de los cambios socio-políticos en el grueso de la nación. ¿Hasta cuándo? No lo sabemos, pero sí sabemos que el cambio de abajo, por decirlo gráficamente, presenta una gran oportunidad para conllevar cambios arriba.

No se trata de “ilusiones ilusas”. No. Se trata de una perspectiva que tarde o temprano se puede convertir en realidad. No es inexorable que así sea. Pero si hasta hace no mucho aquello parecía imposible, hoy no es así. Y es que no se deberían subestimar los cambios de opinión y los cambios de actitud que están caracterizando a la gran mayoría de los venezolanos. 80% considera que el país está mal o muy mal, y que va para peor. Un porcentaje similar rechaza la situación político-económica del país. Las atribuciones de responsabilidades son crecientes hacia Maduro y lo que él representa. La desconfianza que suscita aumenta considerablemente. Cuatro de cinco venezolanos desea un cambio sustancial, aunque este aún no se encuentre delineado o personificado. Aquel país político dividido en dos mitades, quedó atrás. En el país político que se está formando, hay consenso en que deben darse cambios de fondo.

Nada de lo anterior es especulación. Se encuentra claramente reflejado y reiterado en cualquier investigación sólida de opiniones y actitudes políticas. Y esto es lo principal. El cambio no solo es de opinión, de parecer, de criterio específico. El cambio es también de actitud, de motivación, de identificación, de percepción más integral. La opinión negativa ha desembocado en la actitud negativa, en el desencanto, la desconexión y el rechazo general. Alguna vez el oficialismo llegó a contar con la preferencia de 60% de los venezolanos. Hoy, ello se sitúa entre 20% y 25%, y la tendencia es hacia la baja. Eso significa que no solo hay un cambio de opinión política sino uno de actitud política. Lo primero puede ser bastante mudable, lo segundo es más arraigado, más difícil de modificar.

Las razones que explican tales cambios no hay que rebuscarlas mucho. Venezuela ha entrado en terrenos de crisis humanitaria, en términos de violencia, de escasez de alimentos y medicinas, de cualquier  otro producto básico, de penurias que se extienden y profundizan. La economía es un caos. La alta inflación se transmuta es hiperinflación. La depredación es más ostensible que antes, el despotismo también. Medio país está bajo “estado de excepción” y con garantías constitucionales oficialmente suspendidas. Todo lo cual es el legado destilado del predecesor, comenzando por el sucesor que es el elemento más visible del legado. Pero la hegemonía pretende continuar en lo suyo, es decir, haciendo y deshaciendo lo que le de la gana. Cuenta Maduro con la sapiencia de los hermanos Castro Ruz, lo que sería absurdo minusvalorar, y su entramado de poder ha demostrado hasta la saciedad que desprecia la democracia, el diálogo, el gobierno alternativo y todos los pilares de una estructura democrática. La hegemonía no solo no cambia sino que no quiere cambiar.

La contradicción es evidente. Los venezolanos quieren un cambio de calado, y la comandita que impera, no. Si la megacrisis que asola al país, estuviera siendo enfrentada con un mínimo de expectativa razonable, es probable que la hegemonía se siguiera perpetuando a pesar de todos los pesares. Pero las evidencias indican que la megacrisis no hace sino agravarse. De allí la oportunidad que presenta el cambio socio-político de la población. Las votaciones parlamentarias son un escenario para ese proceso, y deben ser aprovechadas, así como también todas las formas democráticas de participación y protesta. El cambio de abajo, que ya es una realidad, puede y debe conducir al cambio de arriba, que todavía es una aspiración. Y no a cualquier cambio superficial, sino al cambio de una hegemonía despótica por una etapa de reconstrucción de la democracia.

 

flegana@gmail.com