• Caracas (Venezuela)

Fernando Londoño

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Fernando Londoño

El campo, en cero; el Gobierno, también

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No pueden ir muy lejos los diálogos entre el Gobierno y los agricultores enojados con el Gobierno, que son todos. Y no pueden ir lejos porque lo que mal comienza suele terminar peor. Cuando no se define el problema, es insoluble. Y el Gobierno no quiere aceptar la fuente del malestar agrario y los campesinos tampoco saben cuál es la peladura que los mata.

Oímos decir, porque a derechas sabemos muy poco, que los agricultores se quejan de la carestía de los que llaman insumos, que deben ser fungicidas y abonos, en primer lugar; que los martiriza el contrabando; que las malas carreteras les aumentan sus costos; que la comercialización es un desastre y que en el mercado mandan los intermediarios; que los créditos se pagan con intereses altísimos, etc., etc., y muchos etcéteras.

Tienen razón en todo lo que alegan los productores del campo. Pero no alegan lo principal, que es la llamada tasa de cambio, que ha convertido la moneda colombiana en la más fuerte del mundo. Dirá algún chistoso que en algo debíamos ser los más fuertes, pero escogimos lo peor para el campeonato. Vamos a verlo.

Hace diez años, un dólar valía tres mil pesos. Si en estos dos lustros se hubiera encarecido como cualquier otra cosa, como los salarios, por ejemplo, debería estar rondando los cuatro mil pesos. Pues está a un mil novecientos, para simplificar digamos que a la mitad de donde debiera estar.

Y esa es la causa de la ruina campesina, y de la ruina de todo el que trabaja en Colombia. Porque ese dólar regalado significa que el campesino exportador recibe la mitad de lo que debiera recibir, y el que no exporta ve pasar las
caravanas de contrabando de productos que le compiten al amparo de ese tipo de cambio fantoche.

Si el precio del café anduviera desde hace rato al doble que hoy tiene, y si pasara lo mismo con las flores y los bananos y las otras frutas exportables, y la carne y los quesos, no estaríamos hablando hoy de paros, ni de mesas, ni de conflictos. Pero si a alguien le quitan la mitad de su producido, normalmente se enfurece, por carrielón que sea. Y si a los paperos y los arroceros y los de la cebolla y el queso y la leche y la carne les inventan competencia externa con esa ventajita, algún día van a sentir que los quebraron aunque no sepan explicar por qué. Les puede pasar que sufran esa desazón que alguien muy sabio llamó un dolor de muelas en el corazón.

Ha dicho el ministro Cárdenas, tan poco afecto a estos temas de ruanas y alpargatas, que no se puede montar una política exportadora y una competitividad sobre la base del tipo de cambio. Tiene razón. Pero tampoco sobrevive nadie cuando tiene que soportar una tasa de cambio que lo sofoca. Lo que es otra cosa. Y este peso colombiano fuerte, artificialmente fuerte, está acabando el trabajo colombiano. Por eso somos buenos creadores de empleo, pero en la China, en Corea, en Europa o en México. ¡Qué desventura! Aquí solo creamos empleo no remunerado, que solo deja tranquilo al doctor Perfetti, que da la cifra con la boca llena de agua. A los demás nos sabe muy mal.

Mientras la discusión con las dignidades agrarias no empiece por donde debe, no va para ninguna parte. Así fuere que a punta de billones se alivie el problema por un ratico. La revaluación del peso, en últimas, es la que mata el campo, la que mata la industria y mata al país. Lo demás es pura paja, como dicen los que oyen discursos malos.

No tenemos idea del destino que tome este paro, como tampoco sabemos si a punta de bolillo y gases se mantengan abiertas las carreteras. Eso no importa. Lo que importa es tener claro que cuando la gente tiene razón, porque se siente robada, nada detiene su furor.

Y para tapar la ira popular no hay JJ Rendón que valga. Ni encuesta que aguante.