• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

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El populismo gringo

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Ahora parece que todos los políticos son populistas en Estados Unidos. Esto, según la acepción del término que han asumido periodistas y analistas cuando hablan de ellos, especialmente de aquellos que quieren arrimarse hacia las clases populares. Según esto, por ejemplo, Elizabeth Warren, la más izquierdosa en el Partido Demócrata estos días, es, en buena medida, populista.

Otro término comúnmente utilizado para calificar a aquellos más inclinados hacia las causas populares y de izquierda es el de liberal. Warren es también, según esta acepción, bastante liberal.

Obama es un hombre de centro, pero los republicanos siempre lo han visto como “liberal”, quizás porque los votantes más progresistas (un término más tradicional en el argot político internacional, que también usan en Estados Unidos) sufragaron a su favor en las dos últimas elecciones presidenciales. Estamos hablando de electores más jóvenes, mujeres –más las solteras y profesionales–, la clase media alta urbana, usualmente más educada. Las minorías raciales también votaron por Obama, pero no por razones necesariamente ideológicas, sino porque negros y latinos se sienten más aceptados por los demócratas, al igual que los judíos, y por extensión los asiáticos, tanto los del Lejano Oriente como los del Cercano Oriente.

Decir que alguien es de izquierda en la meca del capitalismo no luce bien. Se puede hablar del ala izquierda del Partido Demócrata, pero casi nunca se califica individualmente a alguien de ese partido como de izquierda. De la misma manera, los medios pueden referirse como conservadores a miembros del Partido Republicano, al ala más conservadora del partido, e incluso a los radicales del Tea Party, pero no llaman a nadie en particular como de derecha. Liberal y conservador está bien, pero la dicotomía de izquierda y derecha es evitada.

Actualmente, el único aspirante presidencial oficial del Partido Demócrata, aparte de Hillary Clinton, es el senador Bernie Sanders, de Vermont, quien se autoproclama socialista. En realidad, es un socialdemócrata que se identifica con el socialismo escandinavo. Se dice contrario al dominio de Wall Street en la política y la economía norteamericana y aboga por los derechos y el bienestar de la clase obrera y de la clase media. Hace unos días lo entrevistaron en las principales cadenas de la televisión estadounidense y no surgió por ninguna parte el calificativo de izquierdoso, o de izquierda, a pesar de él decirse socialista.

Entonces, retomando el planteamiento inicial, el asunto es no solo que el calificativo de populista se endilga con mucha laxitud y facilidad, sino que incluso los precandidatos presidenciales parece que quieren verse como “populistas”.

La inequidad es el tema en boga, la desigualdad, el 1% que acapara más, el 1% que absorbe el crecimiento económico, mientras que los salarios se mantienen igual y la gente tiene que tener más de un empleo para bandearse. Obama se vanagloria del crecimiento económico habido durante su mandato, después de una grave recesión que encontró al principio de su gobierno, y todo el mundo lo reconoce. Pero quienes aspiran a la presidencia, republicanos y demócratas, insisten en la necesidad de cerrar la brecha de los ingresos, unos por disminuir los logros del presidente, otros por una supuesta intención de profundizarlos. Allí es cuando los medios indican que la campaña predominante es la del “populismo”.

El domingo pasado, un historiador se esmeró en aclarar el uso del término en The Washington Post. Recordó que estos nuevos supuestos populistas no son precisamente la reencarnación de William Jennings Bryan, el candidato presidencial de la alianza entre los populistas originales norteamericanos y el Partido Demócrata, por allá en 1896.

David Greenberg, profesor de historia de la Universidad Rutgers, de Nueva Jersey, compartió con los lectores del Post que el populismo entró en el léxico político estadounidense para describir las propuestas del movimiento radical de agricultores de las décadas de 1880 y 1890, al cual se sumaron también mineros, exprimidos todos por el capitalismo sin restricciones de la llamada Era Dorada. El movimiento promovía políticas igualitaristas: créditos más laxos, la nacionalización de las redes ferroviarias y la terminación de la dominación de los monopolios y oligopolios. El movimiento llegó a constituir un partido, el Partido del Pueblo, que eligió docenas de funcionarios de nivel estadal en el sur y el oeste del país, hasta fusionarse con los demócratas ya casi al finalizar el siglo.

En realidad, como digo en mi libro El expediente del chavismo, antes de entrar a considerar el populismo en Chávez, el populismo en Estados Unidos tuvo que ver con el tránsito de la sociedad agraria hacia la urbanización, la industrialización y la modernidad económica y política, iniciada con la abolición de la esclavitud en la década de 1860.

“Enraizados en las ideas de Tomás Jefferson y de Andrew Jackson, [los populistas] invocaron las virtudes del hombre común y la malevolencia de las élites poderosas”, relató en el Post el profesor Greenberg. “Con su tono moral, dados a demonizar sus enemigos y con la pretensión de hablar en nombre de la gente [o pueblo] sin voz, los populistas legaron para las generaciones posteriores no solo una filosofía económica, sino también un estilo y sensibilidad”. (¿Suena familiar por estos lados?).

El punto del profesor es que los políticos gringos de ahora han adaptado el lenguaje y estilo populistas a su conveniencia, sean de una corriente o de otra, y pone como ejemplo tanto al tejano Ted Cruz, niño mimado de los ultrarradicales republicanos del Tea Party, quien se pronuncia en contra de “las élites políticas de Washington y de Nueva York”, como al socialista Sander y sus descripciones apasionadas de “una economía amañada que funciona para los ricos y poderosos”.

El péndulo del estilo populista ha oscilado hacia un partido y otro según la época, habiendo sido utilizado por Nixon, el sureño racista George Wallace y Ronald Reagan, de un lado, y el demócrata Bill Clinton, por el otro, quien fusionó elementos populistas y tecnocráticos tanto en su campaña electoral (“poniendo a la gente primero”), como en su gobierno (reformando el código de impuestos, en beneficios de los de menores ingresos, por ejemplo).

De manera que en la política norteamericana, el populismo ha derivado tanto hacia las políticas como a las promesas y estilos personales. Promoverse como quien está fuera de la esfera tradicional washingtoniana, como Jimmy Carter en el pasado, y Sarah Palin en época más reciente, es considerada una apelación, si se quiere, populista, utilizada más frecuentemente hoy por los republicanos conservadores antigobierno, los que están contra “las intromisiones” excesivas del Estado, que dicen hablar por los de a pie, pero tienen una visión de la relación Estado-ciudadano bien opuesta a lo pregonado por los populistas originales.

Lo nebuloso y extenso que tiene el uso del término “populismo” en el debate político actual en Estados Unidos y la apelación a supuestas intenciones “populistas”, que no son sino una apelación más bien a supuestas intenciones populares, tiene de positivo el reconocimiento dominante en la opinión pública de que el llamado sueño americano pudiera estar en discusión en este momento, que no todo el mundo puede alcanzarlo tan fácilmente, que hay que cerrar brechas que se han ensanchado.