• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

Es hora de arrimar una pa’l mingo

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Resulta que ahora todo el mundo sabe de política en Venezuela. Todo el mundo opina a cada rato sobre lo que ocurre en el país. Esto no es necesariamente negativo, ya que toda la ciudadanía se siente participativa, con ganas de decir algo sobre los distintos problemas que le afectan, y eso de alguna manera ayuda a conseguir soluciones a esos problemas si los pareceres de la población son tomados en cuenta.

En realidad, ni siquiera importa que el gobierno preste atención a estas consideraciones. Basta que haya una oposición que les preste atención y actúe en consecuencia, porque, al final, uno u otra van a depender de la legitimidad que tengan frente a la población; el gobierno, para mantenerse en el poder, y la oposición, para conquistarlo. Por eso basta que uno de los dos oiga efectivamente a esa población para que sus opiniones tengan sentido y surjan alternativas de solución a los problemas que de algún modo satisfagan las necesidades ciudadanas.

La polarización política provocada y alimentada por Chávez por más de 14 años y la gravedad de los problemas que el país está enfrentando hoy como consecuencia de sus políticas han estimulado la participación de la gente en el debate público. Todo el mundo se siente afectado. Ya nadie puede ni quiere ser indiferente.

Hay, además, una realidad que influye en este querer opinar de todo el mundo. En cierto modo, es mucho más fácil que antes de la llegada de Chávez. El chavismo ha venido ahogando a los medios tradicionales de comunicación, la radio, la prensa y la televisión, con una multiplicidad de medidas, pero hasta ahora no ha podido impedir el flujo de opiniones que se producen y circulan a través de las redes sociales y de las páginas web. Internet facilita ese flujo de opiniones, le da al ciudadano común la oportunidad de expresarse directamente sobre cualquier tema, sin intermediarios, sin pasar por el filtro de un jefe de redacción o de la sección de opinión de ningún medio tradicional de comunicación. La gente dice lo que le da la gana y está pendiente por esos nuevos medios de lo que otros dicen. Es un fenómeno que el régimen también puede tratar de sabotear, pero es indetenible.

Desde este punto de vista, la cuestión no es fácil para el gobierno. Pero tampoco lo es para la oposición. La inmediatez y alcance de la información hace difícil para ambos el ejercicio de su liderazgo, lo vulnera, el liderazgo tradicional. Los líderes de todos los bandos están siendo observados y analizados permanentemente por la gente, que emite opiniones y las reproduce instantánea y masivamente.

En el caso de la oposición, la cosa es todavía más cuesta arriba. Objetivamente, el régimen tiene el poder de las armas y de todos los recursos del Estado (económicos, institucionales y parainstitucionales), los cuales usa y abusa a su antojo. Subjetivamente, el liderazgo opositor tiene todavía que recuperar una legitimidad perdida desde que Chávez ganó las elecciones de 1998, que todavía no ha reconquistado.

Una gran parte de los líderes que hoy están en la oposición compartían casi la totalidad de esa legitimidad antes del advenimiento de Chávez al poder. Chávez se la ganó a costa de sus contrarios, aunque obviamente, no la obtuvo de la noche a la mañana. Fue un proceso durante el cual aquellos la fueron perdiendo y este la fue adquiriendo a medida que el líder carismático, con su verborrea populista y los reales a montones con que contó después, se la fue arrebatando.

En el camino, aparecieron nuevos líderes –los Capriles, los López, los Machado–, jóvenes a quienes les ha tocado un largo proceso de aprendizaje sobre cómo conquistar el poder. Surgió una gente nueva que está a punto de graduarse en su real colegiatura política, acompañada por una vieja guardia con viejas mañas, que a veces se resiste naturalmente a abandonar.

A ambos sectores de la oposición les toca remontar la misma cuesta. Les toca sobreponer los obstáculos que el régimen les coloca desde el poder y también les toca saber canalizar las rabias y frustraciones que los ciudadanos comparten a través de las modernas redes comunicacionales de que disponen, que los hace más exigentes y menos manejables.

La respuesta a esto no está en Twitter –aunque ayuda–, ni en Instagram o Facebook. La respuesta no está en el medio sino en el mensaje, con el perdón del señor McLuhan.

El liderazgo opositor, viejo y nuevo, tiene la responsabilidad de tener que motivar, comunicar, empoderar y convencer a todos los venezolanos a que se involucren en la tarea de reconquistar la democracia, sus valores y sus instituciones. Óigase bien, motivar, comunicar, empoderar y convencer a la población entera de que hay que trabajar por una versión distinta al modelo de desarrollo de los últimos 15 años, tarea nada fácil.

No basta decir “estos son los valores por los cuales luchamos”, como aludió hace unos días en un excelente artículo el socialcristiano Gustavo Tarre Briceño; hay que convencer sobre por qué esos valores son el marco del cambio necesario, y en ese sentido hay que acompañar a la gente en el verbo y en la acción, en la explicación de la razón de sus problemas y en la búsqueda conjunta de soluciones.

La disidencia en el seno de la oposición no merma este propósito, siempre y cuando la gente sienta armonía en el coro de voces opositor. La disidencia es necesaria porque es expresión democrática, y del lado opositor es algo que también se debe aprender. Pero disidencia sin disonancias, sin salirse del libreto, porque el gran objetivo es salir de la desgracia por la que pasa el país.

Al régimen hay que arrebatarle la poca legitimidad que le queda y sostiene a punto de una represión armada e institucionalizada. La legitimidad que le resta es mayormente por dominación, producida por las adherencias de quienes disfrutan de sus posiciones de poder y de los beneficios y privilegios que esas posiciones otorgan; producida por el miedo a perder el empleo y dádivas estatales en los menos favorecidos; producida por aquellos que ya no están de acuerdo con el régimen pero les cuesta separarse de los pocos que todavía lo están.

La labor del liderazgo opositor es difícil, pero puede sobreponerse si los partidos y organizaciones de la MUD salen a patear calle y a acompañar a la gente en sus problemas, salen a reconquistar su legitimidad. Esa no es la labor del secretario ejecutivo actual de la Mesa de la Unidad Democrática, ni era la del anterior. Es labor de los partidos y de sus dirigentes, de los profesionales de la política, de los que aspiran a manejar el coroto.

Fijada la fecha de las próximas elecciones parlamentarias, no hay excusa para eludir la tarea. Los de a pie, los simples ciudadanos, los padres y madres de familia, los que no quisieran seguir interesados en la política, sino en salir a trabajar y a producir para ellos y sus familias, ocuparse más bien del Caracas y del Magallanes, de la Vinotinto, y hasta de regresar a la tradición del 5 y 6, creo que están dispuestos a echarle un empujón a los partidos y organizaciones de la MUD.

Es hora de que todos juntos arrimemos una pa’l mingo.