• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

La gran incógnita

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La gran incógnita está en las medidas que pueda tomar el régimen chavista ahora que perdió por paliza las elecciones legislativas.

Por el discurso poco gallardo de Maduro al reconocer la derrota, pudiera concluirse que las cosas seguirán igual del lado del régimen. Si en verdad Maduro cree que la pérdida de la Asamblea se debe a lo que él llama la guerra económica librada por la burguesía parasitaria, entonces luce como bastante probable que su política económica continúe sin alteraciones. Ese sería no solo el peor escenario inmediato para el país en general, sino que, por su irracionalidad, también lo sería para el gobierno, para Maduro y para el régimen.

Este año el costo de la vida en Venezuela subirá más de 150%, con proyecciones para 2016 de 200%, algo que la gente ya está sufriendo. El año pasado fue de 53%. El producto nacional bruto se ha reducido 10% en 2015 y se proyecta una reducción de 6% más para 2016, según cálculos del Fondo Monetario Internacional. La escasez de productos farmacéuticos y de primera necesidad, ocasionada por las leyes y medidas restrictivas sobre el empleo y la producción aprobadas por el régimen, con Chávez vivo, es más que palpable. La pobreza alcanza a 73% de la población, según estudios de las universidades. El desempleo abierto pasó de 7% a 18% este año.

Está claro que el volcamiento de más de 70% de los electores a las urnas y la victoria de la oposición, que según cifras divulgadas este lunes por el CNE ya andaba por 53%, no se deben necesariamente al carisma de los candidatos de la MUD. Los dirigentes democráticos más carismáticos no buscaron cargo en la Asamblea. Henrique Capriles se queda en su gobernación, Leopoldo López y Antonio Ledezma siguen sin libertad, y María Corina Machado fue impedida de participar en los comicios por las truculencias legalistas del régimen.

Mucha gente ni sabía por quién estaba votando en su jurisdicción. Simplemente, marcaba la tarjeta por los candidatos de la Unidad. Chavistas, opositores y Ni-Ni, si es que quedaba alguno, tiró el resto por la MUD, hartos de los padecimientos económicos y la inseguridad personal. Funcionó un voto castigo generalizado contra los que la población considera que sí son los causantes de la debacle económica, Maduro y su gobierno.

Maduro tiene razón cuando identifica a la economía como la causa de la derrota chavista en las parlamentarias. Donde está pelado es en no reconocer que son las equivocadas políticas chavistas las que han vuelto un caos la economía del país, que es lo que llevó al hartazgo de los electores.

No es solo la nueva Asamblea dominada por la oposición la que deberá trabajar en función de cambiar los índices negativos de la economía y de la delincuencia. El Poder Ejecutivo todavía en manos del chavismo tiene la primera responsabilidad, y si no toma las medidas necesarias, por muy dolorosas que sean, y si no busca el diálogo y el entendimiento para que los sacrificios sean más llevaderos, la gente reclamará más rápido un peor castigo. Eso lo debe explicar bien claro la oposición.

Una de las preguntas hechas por las encuestadoras en el transcurso de este año fue hasta cuándo se calaba la población a Maduro. A mediados de 2015, Datanálisis mostraba que 68,3% de los encuestados quería que Maduro se fuera este año del gobierno, o fuera removido por un revocatorio el año que viene. Este parece ser uno de los escenarios que maneja la dirigencia democrática.

Según leímos en The New York Times (ahora se informa uno más sobre Venezuela en medios del exterior que en los venezolanos), el dirigente Henry Ramos Allup, de Acción Democrática, predijo que Maduro no termina su mandato en 2019. El vaticinio es que será removido por medios constitucionales, como el referéndum revocatorio, será forzado a renunciar o mediante un cambio en la propia Constitución.

Eso, naturalmente, no lo dictarán ni la oposición ni el mismo chavismo. Como ha ocurrido con las elecciones a la Asamblea Nacional, lo determinarán las circunstancias creadas en el propio pueblo; por supuesto, inducidas por la acción política de las fuerzas en juego.

Es difícil predecir o anticiparse a la reacción del chavismo después de la victoria electoral de la oposición en la Asamblea Nacional. Hasta ahora, el régimen no se ha manejado con racionalidad, ni económica ni política. Fue magnánimo en el pasado solo cuando tuvo el agua al cuello.

Cuando Chávez volvió al poder después del famoso 11 de abril, la realidad de los hechos lo hizo percatarse de sus excesos, y hasta pidió perdón. Por un tiempo se hablaba de diálogo, de la posibilidad de crear una comisión de la verdad. Pero eso duró poco. Con reales en la mano, un carisma indiscutible y una ascendencia real en las Fuerzas Armadas, volvió a sus fueros cada vez más autoritario y excluyente.

Sus herederos no han dado señales todavía de estar dispuestos a abrir el juego. Eso los ha llevado a su intransigencia económica y a su inseguridad en cuanto a permitir que el Poder Judicial actúe de forma independiente. En esto último, uno intuye que no es solo continuar la tradición autoritaria de Chávez de que los jueces sigan la línea del caudillo, la línea de la revolución. Los herederos de Chávez no tienen el carisma ni el liderazgo necesarios para encarrillar a los jueces por la línea populista. Además de los privilegios que otorga el poder en una u otra instancia, que nadie quiere abandonar, allí lo que parece haber es una red de complicidades y un miedo de que se suelten las amarras, por las tapaderas que se han venido tejiendo a través de la corrupción de la justicia.

Este régimen, sin Chávez, ha demostrado su incapacidad para corregir el rumbo aunque sea temporalmente. Además, hay una fetidez profunda que se siente desde lejos respecto al uso de los recursos del Estado para el enriquecimiento ilícito y la posibilidad de que muy altos funcionarios hayan estado o estén vinculados de una u otra manera al narcotráfico, por acción o por omisión. Si es así, es mucho lo que por lo menos algunos personeros del régimen tienen que perder y no están dispuestos a soltar.

Uno supone que la dirigencia democrática se ha trazado sus planes teniendo por delante diversos escenarios, que tienen que ver con los objetivos en sí que se plantean para el país, pero tomando en cuenta también las salidas que puedan surgir desde el régimen.

La dirigencia democrática todavía no la tiene fácil, porque las leyes son aprobadas por el Poder Legislativo, hoy en manos de la oposición, pero el acatamiento depende de los otros poderes, hoy en manos del régimen. La dirigencia democrática va a tener que apelar inteligentemente a la ciudadanía, al pueblo, pero sin medias tintas ni complacencias.

Trabajar por el diálogo y la reconciliación es útil y necesario, pero la ciudadanía le dio a la dirigencia democrática un capital político que debe utilizar, prioritariamente hacia la resolución de los problemas económicos y de inseguridad, pero teniendo presente el mandato que los venezolanos le dieron con su voto: con esta gente no vamos pa’l baile.