• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

Si el gobierno es malo, el régimen es peor

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La Asamblea Nacional dominada por la oposición democrática ha trabajado full chola en los últimos días. Nada más este mes dio su última sanción a dos proyectos, el de la Ley de Títulos de Propiedad a Beneficiarios de la Gran Misión Vivienda y el de la tan urgente reforma a la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia. También este mismo mes la AN aprobó en primera discusión otros seis proyectos de ley, además de preparar la segunda discusión del proyecto de ley orgánica de referendos.

Los diputados de la bancada de la Unidad se esmeraron de manera especial en aprobar la reforma al TSJ, aun cuando su discusión se inició después de la de otras leyes que aún están en proceso de aprobación. La alta productividad legislativa denota responsabilidad e interés de los partidos democráticos en que cambien para bien las cosas en el país. La terquedad del régimen en no aceptar el cambio, por otra parte, también ha contribuido a que los parlamentarios democráticos pulan sus prioridades. El régimen ha rechazado cuanta ley ha propuesto la Asamblea Nacional. Ni lava ni presta la batea. Ni genera los cambios necesarios, ni deja que prosperen los propuestos por la oposición democrática. De allí en darle prioridad a la ley de reforma del Tribunal Supremo, por ser este el ente utilizado por el régimen para obstaculizar cuanto proponga la Asamblea Nacional.

El mes pasado la Asamblea Nacional dominada por la oposición aprobó las leyes de Amnistía, la del Bono de Alimentación y Medicamentos para Jubilados y la de la reforma parcial a la Ley del Banco Central. El régimen no da su brazo a torcer con ninguna de las tres. Ni siquiera con la de los jubilados, que es de orden popular, así como la de darle títulos de propiedad a quienes se han beneficiado de la Misión Vivienda. Dicen que no hay plata, aunque se le siga regalando a montón a Cuba, Nicaragua y otros países del Caribe.

Los proyectos de ley a los cuales la Asamblea les dio este mes su primera discusión (se requieren dos discusiones para la aprobación de un proyecto de ley) son el de reforma parcial a la ley orgánica que reserva al Estado la explotación del oro, el de la reforma parcial a la administración financiera del sector público, el proyecto de Ley Orgánica de Transparencia, Divulgación y Acceso a la Información Pública, la reforma parcial de la Ley Orgánica de la Contraloría y del Sistema Nacional de Control Fiscal, la reforma parcial del Código Orgánico Procesal y el proyecto de Ley Especial para atender la Crisis Humanitaria en Salud. El mes pasado, la Asamblea aprobó en primera discusión la segunda ley más importante de esta nueva legislatura, la nueva Ley para la Activación y Fortalecimiento de la Producción Nacional.

Impresiona la proliferación de proyectos de ley aprobados y discutidos por esta nueva Asamblea dominada por las fuerzas democráticas; un contraste enorme con la legislatura en manos del chavismo, caracterizada por limitarse a aplaudir lo que le planteara el Ejecutivo por más de 16 años y delegando su función legislativa en la presidencia de la Republica mediante la aprobación de leyes habilitantes y declaratorias de emergencia.

El contenido de los proyectos aprobados y discutidos en estos dos meses indica que los partidos democráticos de oposición están conscientes de cuáles son los problemas a atacar legislativamente. Los proyectos de ley discutidos este mes en primera instancia tienen que ver tanto con la administración política del Estado como con su relación con la economía. La Asamblea Nacional está respondiendo a las expectativas que le trazó la población en las elecciones del 6 de diciembre. ¿Pero es eso suficiente?

Si en Venezuela existiera un régimen democrático, con equilibrio de poderes y respeto a la Constitución vigente, ya se estuviera respirando un aire de cambio de las condiciones políticas, económicas y sociales que existen hoy en Venezuela, aunque sea por la esperanza que se alimenta de ver que se van adelantando medidas institucionales para que ese cambio se produzca. Lamentablemente, Venezuela no vive hoy en democracia. Y el país ha ido de mal a mucho peor; del régimen populista, autoritario, mesiánico y caudillista de Hugo Chávez y su socialismo del siglo XXI se pasó a una variante del mismo régimen, ausente del caudillo y su mesianismo, ahora envuelto absolutamente en una maraña de ineficiencia y corrupción.

Quizás hace falta que se tome consciencia real de que salir de Maduro y su combo no es solo salir de un gobierno, sino de un régimen. Las elecciones bastan para cambiar un gobierno, para cambiar una administración gubernamental democrática por otra, donde el campo de competencia no está necesariamente desequilibrado y la camisa del árbitro no es roja, sino de imparciales rayitas blancas y negras. Podemos criticar y culpar a Maduro con plena justificación por el agravamiento de los males que aquejan al país. La actuación de su gobierno lo confirma y la gente lo entiende. Pero la estrategia de cambiar el régimen por la vía electoral, pacífica, democrática y constitucional no implica que para lograr el cambio, la oposición democrática se maneje exclusivamente con un enfoque civilista y legalista. No estoy pensando en golpes de estado ni de subversión armada, sino en que los partidos democráticos representados hoy en la Asamblea e incluso los líderes democráticos que por diferentes circunstancias no participan en ella, no deben perder el norte: no es salir de Maduro solamente, es salir del régimen. Y eso debe ser lo que rija la actuación política de la dirigencia democrática en todos sus escenarios, incluido el de la Asamblea, y no solamente en la Asamblea.

Si de lo que se trata es de salir del régimen, de esa estructura del poder actual que controla la presidencia, las fuerzas armadas, el Consejo Nacional Electoral, la Fiscalía General y los tribunales de la república, más los medios de comunicación social -sea por posesión directa o por innumerables medidas limitativas de la libertad de prensa e información- los partidos democráticos agrupados en la MUD no pueden seguir actuando por reacción y a la espera de que cambien por inercia las circunstancias.

Esperar que el régimen pusiera todas las trabas legales posibles a la Asamblea Nacional (desde la reducción forzada de los diputados conseguidos el 6D hasta la negación por supuesta inconstitucionalidad de cuanta medida ha sido aprobada), para decidirse a aprobar ahora a la carrera la reforma a la ley orgánica del TSJ, fue no solo una pérdida de tiempo, sino un desgaste político de capital que contribuye a mermar las esperanzas de cambio de la población. Este tenía que ser el primer proyecto de ley aprobado, junto con el de la nueva Ley para la Activación y Fortalecimiento de la Producción Nacional, que es el que ataca los principales escollos que se le presentan hoy a la economía venezolana para que la producción crezca, para que se agilicen los mecanismos de distribución de los productos en el mercado, para que se salten obstáculos burocráticos a las empresas, para regular en alguna medida la obtención de divisas para la importación de materias primas y bienes de capital. La prioridad de la gente, con el hambre que ya buena parte de la población está pasando, es el clamor porque se aminore la crisis provocada por la escasez de bienes y productos de primera necesidad, empezando por la comida.

El no estar preparados antes de llegar a la nueva Asamblea Nacional con los proyectos de reforma del TSJ y de la ley de activación de la producción nacional, el no haber empezado por estos dos proyectos, tiene que haber mermado en alguna medida el entusiasmo de la gente por los líderes de la oposición. ¿Por qué no se casaron esas dos peleas iniciales, que son ilustrativas de la actuación política y económica del régimen? ¿Quién dijo miedo?

Chávez no impuso su régimen con timidez ni reactivamente. En el propio acto de su juramentación calificó de moribunda a la Constitución bajo la cual se hacía de la Presidencia. Apenas llegó al poder, promovió la realización de una asamblea constituyente para cambiar la composición del Estado y lo logró sin el basamento jurídico necesario para convocarla, basado en la legitimidad electoral que acababa de conquistar. Chávez nunca perdió tiempo, un lujo que no existe en política. Y actuó siempre osadamente.

Chávez no se planteó al principio ser comunista ni socialista, pero empezó a meterla dobladita cuando en los primeros meses de su gobierno se fue a Cuba acompañado de un grupo de militares que iban a tener que empezar a hacer migas con sus contrapartes cubanos. Bueno, ya sabemos hasta dónde se ha llegado. Chávez se hizo del poder y cambió el régimen pacífica y electoralmente (no tanto constitucionalmente), pero nunca ausente de audacia, de atrevimiento.

Los partidos democráticos no la tienen fácil, pero por eso mismo tienen que esforzarse por planificar más y por hacerlo en conjunto, por adelantarse a la acción e incluso inacción del régimen. Se ha avanzado inmensamente en la unidad electoral y ahora en la unidad en la acción legislativa. Si no, acordémonos de lo que era la oposición en la época de la Coordinadora Democrática e inmediatamente después de que esta feneció y comenzó con gran esfuerzo (gracias, Ramón Guillermo Aveledo) a gestarse lo que ahora se llama la Mesa de la Unidad Democrática. Pero se ha confundido un poco la gimnasia con la magnesia. El marco electoral, pacífico, democrático y constitucional para el cambio del régimen no tiene que limitarse a la acción legislativa; es preparase para actuar, planificar, sorprender y actuar en todos los terrenos, en conjunto, con un plan, con un norte claro que hay que explicar a la gente, para llegar al poder no a la cola de un Carmona y de unos militares sin mando, sino al frente de la población entera, que quiere salir de Maduro, pero que todavía no parece estar consciente de que hay que salir también del régimen.

@LaresFermin