• Caracas (Venezuela)

Fermín Lares

Al instante

La fiesta del Super Bowl

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La transmisión del Guaicaipuro de Oro (sí, se me cayó la cédula y rebotó varias veces) del premio a los artistas y producciones de televisión en Venezuela tiene que haber sido el programa históricamente con el mayor encendido de TV en todas las épocas, al menos en proporción con el número de habitantes y de televisores en posesión de la gente, cuando este espectáculo salía al aire.

Su mayor apogeo fue en la década de los 60, cuando no había televisión a color ni transmisión por satélites, y el alcance del medio televisivo era teóricamente nacional, pero más allá de las principales ciudades llegaba realmente con dificultad.

Miss Venezuela lo empezó a sustituir como el programa más visto en los 70, y sobre todo a partir de la década de los 80. En 2012, Miss Venezuela llegó a más de la mitad de los hogares venezolanos, de acuerdo con números de la empresa Nielsen. El año pasado, el primer puesto pareció ocuparlo la reunión de Nicolás Maduro con representantes de la oposición, el transmitido debate en vivo del mes de abril. Ese día creció en 41% el encendido de la TV en señal abierta.

Cuando un fenómeno como este ocurre en Estados Unidos, estamos hablando de 111 millones y medio de personas pegadas al televisor, que fue la audiencia que tuvo el Super Bowl en 2014. El Super Bowl es la escenificación del último partido de la temporada de fútbol americano. El de 2014 fue el programa más visto en la historia de la TV en Estados Unidos.

Este domingo pasó algo similar con el Super Bowl 2015, aunque aún no se conocen los números totales de sintonía. El país prácticamente se paraliza en torno al juego. Los canales que no presentan el torneo ponen piezas de relleno, nada de estrenos, porque no habrá mucha inversión. Y la audiencia celebra como si fuera una fiesta religiosa más, así no sea fanática del fútbol (así llaman los gringos al fútbol americano, fútbol a secas. El fútbol que el resto del planeta llamamos fútbol, ellos lo llaman soccer). Hay quienes ven el show solo por ver los comerciales, que para pegar frente a una sintonía tan enorme son producidos mucho más ingeniosamente que las cuñas regulares y su costo de colocación por 30 segundos es de unos 4 millones de dólares.

Ver el juego por TV es gratis, pero el asiento más barato para disfrutarlo en vivo puede costar hasta 10.000 dólares. Cuando este año se supo quiénes iban a disputar el Super Bowl (que se traduce como una súper palangana o cacerola redonda, por la forma de los estadios donde se juega), las entradas de entre 800 dólares y 1.900 dólares subieron inmediatamente a casi 3.000 dólares. El jueves antes del juego, las entradas más baratas estaban ya por encima de los 9.000 dólares. Al final, el promedio de venta fue de alrededor de 4.400 dólares por ticket. Se calcula que unas 70.000 personas acudieron al evento.

El ambiente en el óvalo y sus alrededores es festivo. Los mejores artistas del momento se presentan en el medio tiempo. Este domingo fue Katy Perry, con respaldos de Lenny Kravitz y la rapera Missy Elliott. El himno nacional lo cantó Idina Menzel, la de la canción “Letit Go” de la película Frozen, y el evento como tal lo inició John Legend, con la canción “America the Beautiful”, que es como el Alma Llanera americana.

Esta fiesta está protegida con medidas de seguridad sin pares en casi ningún país del mundo. Al principio del espectáculo cruzaron por encima del estadio unos F-16. Pero esos aviones no solo formaron parte del show, también estaban allí porque resguardaban la restricción de vuelos en una zona de 30 millas a la redonda desde el estadio, que impusieron junto con un grupo de helicópteros Blackhaw. Ni siquiera drones se dejó volar en ese espacio aéreo. Y en tierra, 500 cámaras de seguridad hacían seguimiento a los movimientos de adentro y fuera del estadio, con un equipo coordinado de 40 organismos de seguridad, con policías uniformados y vestidos de paisano, grupos SWAT, perros para detectar bombas y pare de contar –hasta llegar a unos 3.000.000 dólares previstos para seguridad y vigilancia.

Es el espíritu nacional volcado hacia este espectáculo. Los ojos del país están puestos en él y nadie va a criticar las medidas desplegadas, ni su costo, especialmente tomando en consideración los antecedentes del famoso11 de septiembre, el atentado en el maratón de Boston de hace casi dos años, y últimamente los sucesos en París con Charlie Hebdo.

Las preferencias políticas también fueron medidas en la oportunidad de este último Super Bowl. La mayoría de los simpatizantes demócratas tendió a apoyar a los ganadores del domingo, los Patriotas de Nueva Inglaterra, una región predominantemente más liberal. Los republicanos no se fueron de bruces hacia los Seahawks de Seattle, del estado de Washington, pero estaban más cerca de ellos que de los Patriotas.

Este domingo el denominador común de los hogares norteamericanos durante el juego fueron las cervezas y las hojuelas de maíz tipo Doritos o Tosticos. Los liberales prefirieron las cervezas más artesanales o extranjeras, los conservadores las típicamente americanas, como Budweiser.

Nuestros vecinos gringos nos invitaron a compartir unos nachos especiales con queso y hasta vino. Nosotros les llevamos unas arepitas que les encantaron.